La construcción de sí mismo, una tarea compleja y permanente. (A la luz del pensamiento de Viktor Frankl)

LA CONSTRUCCIÓN DE SÍ MISMO: UNA TAREA COMPLEJA Y PERMANENTE.

(A la luz del pensamiento de Viktor Frankl)

Por: Miguel Francisco Marte Ramírez
Ensayo realizado como estudiante del Diplomado en Logoterapia en línea.

Se ha dicho que el ser humano es una unidad psico-somática, dinámica, multidimensional.[1] Esta afirmación pone en evidencia la complejidad de la realidad humana, tanto en lo estructural como en su desarrollo personal.

El conjunto que conforma al ser humano se ha venido a sintetizar en dos dimensiones: la exterioridad y la interioridad; lo corporal y lo anímico; lo material y lo espiritual. La primera, la exterioridad, se refiere a lo propiamente corporal (soma [σώμα], en griego; basar, en lengua hebrea). La segunda dimensión abarca lo que se ha venido a llamar alma (psiké [ψυχή], en griego; nefesh, en la cultura semítica; ánima, en lengua latina) y espíritu (pneuma [Pneuma], en griego; ruah, en lenguaje bíblico). Todo ello forma una unidad: la persona humana. Nos movemos aquí en el campo de la antropología judeo-cristiana; la cual tiene mucho de filosófica, pero no se reduce a ella.

No hay partes de un todo sino dimensiones diferentes,  aspectos de una totalidad. Cuando me relaciono con  el mundo exterior, material, que me rodea, soy cuerpo; cuando pienso, quiero, recuerdo, soy alma; cuando siento que puedo trascender  el tiempo, romper  la barrera de lo limitado, soy espíritu.

Orientado por esta perspectiva considero al ser humano como un ser trascendente e integral. Entiendo la trascendencia como un “ir más allá” –atravesar subiendo- de las propias fronteras personales y “lo integral” como un conjunto de elementos íntimamente relacionados. En este sentido, las dimensiones que conforman al ser humano se autoimplican, se afectan una a otra; configuran la persona en el aquí y ahora de su existencia, a la vez que lo abren a un “más allá” que lo desborda.

Estas dimensiones están tan estrechamente unidas que cuando una persona se ve afectada en una de ellas, por ejemplo cuando le acaece una enfermedad que atrofia uno de sus órganos, suele des-animar-se afectando su vida interior; lo mismo sucede con el que pasando por una turbulencia emocional –una depresión, por ejemplo- ve cómo esta afecta su parte corporal. Entonces hablamos de una situación psico-somática. Por consiguiente, no podemos renunciar a una concepción unitaria del ser humano, la cual exige,  a su vez, un cuidado que abarque todas sus dimensiones.

En nuestros días se insiste mucho en la búsqueda de salud integral. Así lo expone Celso Rivas Balboa: “Las diversas áreas de nuestra salud integral (holista) pueden concebirse como dimensiones de una esfera (holos) en la que aquéllas se entretejen, cruzan y armonizan: genética, herencia, biología, psicología, sociología, moral, ética, estética, religión y espiritualidad.”[2]

Pienso que es necesario recuperar esta comprensión del ser humano como una unidad unitaria, una realidad holística y sistémica. En tiempos resientes tal vez sea C.G. Jung quien mejor ha valorado una antropología de este tipo al evitar poner fronteras entre el cosmos y la vida, la biología y el espíritu, el cuerpo y la mente, lo consciente y lo inconsciente, lo individual y lo colectivo. Todos ellos elementos constitutivos de la persona.

Puesto que el hombre es un ser multidimensional, son diversos los factores que deben ser tenidos en cuenta en su desarrollo integral. “El valor técnico de la producción debe ir acompañado del valor ético de la producción social y espiritual. Una vez que hemos construido la economía de los bienes materiales, importa desarrollar urgentemente la economía de los bienes humanos.”[3] El equilibrio multidimensional del ser humano y la complejidad social son inseparables.

Las tres dimensiones que constituyen al hombre, y que hemos señalado más arriba, nos remiten a tres niveles de relación: con las cosas (en cuando ser corpóreo); con los demás (en cuanto realidad psíquica); con un ser trascendente (en su dimensión espiritual). Así, en su proceso de realización el ser humano se va “haciendo” gracias a una triple relacionalidad básica: con el mundo, con los otros y con el ser absoluto. La condición humana se va desarrollando como se desata un nudo en todas las direcciones: hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados. Es el resultado “del conjunto de sus relaciones totales”.[4]

La primera relación, la más inmediata, la tiene el hombre con el mundo. Debemos tener en cuenta que el término mundo tiene distintos significados. Decimos mundo cuando nos referimos a la naturaleza; lo pensamos como escenario donde se lleva a cabo el drama de la vida humana; llamamos así al planeta Tierra; utilizamos la expresión “fulano vive en su propio mundo” cuando nos remitimos al ámbito personal del concepto; referimos el término, también, al hablar de la vida social.[5] Esta condición polisémica del término mundo hace que la relación hombre-mundo adquiera un carácter englobante. Para el tema que nos ocupa basta con enfatizar, en unas breves líneas, el mundo como naturaleza y como escenario.

Cuando Julián Marías se refiere al mundo en cuanto naturaleza piensa en la realidad que el hombre se encuentra de modo inmediato, a la cual necesita adaptarse e interpretar para luego transformar. De modo que la relación del hombre con el mundo no es de manera estática, sino dinámica. No solo está en el mundo si no que es en el mundo.

Pero el mundo, a juicio de Marías, no es solo naturaleza; sino que también es el escenario donde el hombre se autoconstruye: “El mundo es, antes que conjunto de cosas, escenario […] pasar y quedar, transcurrir y permanecer, son las formas intrínsecas de la vida, y a ello responde el carácter escénico del mundo, donde acontece todo lo que pasa, cobrando allí sentido y unidad de significación”.[6]

Avanzando un poco más, debemos recordar que el ser humano comparte escenario con otros actores. “Su proyecto tropieza con el prójimo…la vida del prójimo aprieta la suya”.[7] De ahí la convivencia. Es el segundo nivel de relación que se desprende de su estructura personal. Este nivel de relación tiene que ver con la dimensión psíquica de la persona (la psiké). Nos dice Julián Marías: “Vivir es para el hombre, a la vez, estar en el mundo y convivir[8]: son dos modos irreductibles e inseparables de la esencial dimensión humana de ser con. Dicho en otros términos, el mundo del hombre es doble, y a esa duplicidad corresponde su íntima constitución ontológica. Si la circunstancia es, por una parte, ‘naturaleza’, por otra, es ‘sociedad’”[9] Marías llama, muy atinadamente, convivencia a la relación del hombre con sus semejantes y coexistencia a su relación con los animales y las cosas.

Viktor Frankl nos ha hablado de la cualidad auto-trascendente del ser humano, con lo que se refiere al “hecho intrínseco de que el ser humano se relaciona y se centra siempre en algo diferente a sí mismo: mejor dicho, algo o alguien diferente a sí mismo”.[10]

El tercer nivel de relación que se desprende de las dimensiones que estructuran al hombre, tal como lo hemos expuesto más arriba, se refiere al encuentro con un ser absoluto. ¿Realmente está el ser humano diseñado para tal relación? Pienso que aquí está en juego la aceptación o no de que el ser humano se abra a lo trascendente. Las antropologías modernas no se cierran a esta posibilidad. Kierkegaard, por ejemplo,  distinguía en el hombre  el estadio estético (sentir), el ético (pensar y decidir),   y el religioso: capacidad de relacionarse con el Absoluto. Por su parte, Viktor Frankl ha dedicado gran parte de su producción bibliográfica a la profundización de este tema.

De los escritos de Viktor Frankl podemos deducir que esta tendencia le viene al hombre gracias a la presencia del trascendente en él, cuya voz es la conciencia. La presencia del trascendente en el hombre es anterior a su acto trascendente. Es ontológicamente anterior. Habla este autor, en este sentido, de inconsciente espiritual. Dice: “es en las profundidades de este inconsciente espiritual donde se llevan a cabo las grandes decisiones existenciales.” Esta categoría acuñada por Frankl le permite hablar del “inconsciente trascendente” y de “religiosidad inconsciente”, la cual, según él, “debe entenderse como una relación latente con lo de trascendente que hay inherente en el hombre.”[11] Afirma: “Por regla general, una persona religiosa puede encontrar un sentido antes o, digamos, más fácilmente que una no religiosa.”[12]

El inconsciente espiritual tiene, para Frankl, capacidad decisoria. Por lo que no podemos cerrarnos a la posibilidad de que sea la presencia del trascendente en la persona quien haga que este salga de sí mismo, renunciando a su búsqueda egoísta, y se abra en función de los demás. “Nosotros afirmamos –dice- que el inconsciente religioso, o lo que viene a ser lo mismo, el inconsciente espiritual, es un estado inconsciente con capacidad decisoria, más que un estado obligado a seguir el impulso del inconsciente. Tal y como lo vemos nosotros, el inconsciente espiritual y más aún, sus aspectos religiosos, es un agente existencial, más que un factor instintivo.”[13]

En definitiva, “el ser humano se caracteriza por surgir como una abertura ilimitada: hacia sí mismo, hacia el mundo, hacia el otro y hacia la totalidad. Siente en sí una pulsión infinita, aunque solo encuentra cosas finitas. De ahí su permanente insatisfacción y falta de plenitud.”[14] Este pensamiento será abordado más detenidamente en el segundo capítulo de nuestro trabajo donde reflexionaremos en torno a la intradistancia humana.

Lograr la armonía de ese conjunto que somos se presenta como un “problema” por resolver. La vida misma lo es; no en el sentido de que sea problemática –que también lo es- sino en el sentido de tener que hacerse responsable de ella. Todo esto tiene que ver con la orientación que el hombre le da a su existencia, la valoración que hace de lo que le rodea, las decisiones que toma; las opciones que asume. “Aquí es donde intenta encontrar su lugar la pregunta por el sentido global de la «vida» propia y ajena, la salud integral, la calidad de vida, el valor de las relaciones familiares y sociales y el mundo de los valores globales”.[15)

Por consiguiente, si nos concebimos como seres humanos integrales, necesitamos un proyecto de vida integral, que alimente todas las dimensiones de la vida. Hoy sabemos que existen ejercicios para trabajar en ello. Una sana alimentación y actividad física constante ayudan al cuidado corporal; la reflexión, que permite “un estilo cognitivo peculiar” y un sano “clima emocional” fortalece la psiké, permitiendo el “uso correcto de la razón” y la “robustez personal”;  la meditación, por su parte, alimenta la dimensión espiritual de la persona, ayudándolo a formarse un “esquema axiológico” que le permita centrar la propia existencia. Todo esto conforma lo que se ha venido a llamar ‘filosofía de vida’.[16]

[1] Cf. J.L. Ruiz de la Pena,  Imagen de Dios: Antropología teológica fundamental, Santander, Sal Térrea, 1988.

[2] Perspectiva antropológica de la salud integral. Tema 21 del curso “Conocimiento de la realidad humana”.

[3] L. Boff, Ob. Cit. Pág. 30. Del mismo modo piensa Edgar Morin cuando invita a repensar una reforma educativa que permita reformar el pensamiento. (Cf. La mente bien ordenada. Barcelona,  Seix Barral, 2010)

[4] L. Boff, Ob. Cit. Pág. 19. “El ser humano, afirma Boff, se caracteriza por surgir como una abertura ilimitada: hacia sí mismo, hacia el mundo, hacia el otro y hacia la totalidad.”

[5] Cf. J. E. Pérez Asensi, La estructura de la vida humana en el pensamiento de Julián Marías, Murcia, Laborum, 2009, pág. 10

[6] J. Marías, Antropología Metafísica, O.C. X, Madrid, Revista de Occidente, pág. 89.

[7] J. Ortega y Gasset, La rebelión de las mesas. O.C. IV, Madrid, Revista de Occidente, 2008, pág. 366

[8] De acuerdo con lo que estamos planteando aquí, el estar en el mundo hace referencia a su relación con el mundo (siempre de superioridad con respecto a él); el convivir, a su relación con las personas (siempre de igualdad)

[9] J. Marías, Introducción a la Filosofía. O.C. II, Madrid, Revista de Occidente, pág. 195

[10] V. Frankl, El hombre en busca del sentido último, Buenos Aires,  Paidós, 2007, pág. 184

[11] Ob. Cit., 75

[12] V. Frankl, En el principio era el sentido, México, Paidós,  2001,  pág. 50

[13] El hombre en busca del sentido último, pág. 86

[14] L. Boff, Ob. Cit. Pág. 19

[15] Ibid.

[16] Cf. V. Fuster y J.L. Sampedro, La ciencia y la vida, Madrid, Círculo de Lectores, 2008

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