Un día como hoy 6 de agosto, pero de 1982 sucedió inesperadamente mi encuentro con Viktor Frankl.
Recién egresada de la Licenciatura en Psicología y viviendo en Viena, Austria, aprovechaba asistir a los interesantes congresos y eventos que se organizaban en la cuna de la psicología.
Ese día, en el Congreso de Psicología Individual, durante el receso, paseaba por las mesas de libros cuando choqué hombro con hombro con alguien. «¡Disculpe!», le dije, y al mirarlo, resulta que era ¡nada menos que el Dr. Viktor Frankl! Platicamos unos minutos, me presentó a su esposa, Elly Frankl, le conté que había estudiado en la Universidad Iberoamericana y que tenía mucho interés en seguir aprendiendo, que era un honor conocerlo personalmente…
Francamente, en ese momento yo no tenía ni idea de lo que su Logoterapia cambiaría mi vida; ni idea de que dedicaría décadas a propagar su palabra en el mundo de habla hispana a través de Logoforo, de Seminarios, Diplomados, Talleres, psicoterapia, etc. Él tampoco tenía idea de que estaba frente a una discípula que se daría a la tarea de dar a conocer su obra como un sentido de vida.
Escucharlo más tarde en la conferencia de clausura del congreso como Invitado de Honor me marcó profundamente. Un gran orador. Aún cuando todos los ponentes eran expertos en sus temas, todos interesantes, ninguno con el carisma y fuerza de Viktor Frankl. – Este hombre tiene mucho qué decir – pensé.
En los días siguientes retomé la lectura de El hombre en busca de sentido; ¡no podía parar de leer!
Hoy agradezco profundamente haber tenido ese encuentro que en su momento llamé coincidencia y que hoy llamo un regalo de la vida.