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La fuerza del sentido para enfrentar el dolor.

Por: Ma. Teresa Lemus de Vanek
Psicóloga. Logoterapeuta.

Un reconocido comentarista preguntó alguna vez en entrevista al Dr. Viktor Frankl, cómo había elegido el título de su libro El hombre en busca de sentido, de modo que éste se convirtiera en un Best Seller. La obra había vendido para entonces millones de copias.

El Dr. Frankl respondió: “No es un título pensado desde la mercadotecnia. ¡Es una definición de ser humano! ¡El hombre es un buscador de sentido! El hecho de que sea tan vendido no es mas que un síntoma de la necesidad que las personas tienen de tener un sentido en sus vidas.”

Sabias palabras las del neuropsiquiatra vienés. Sobreviviente de cuatro campos de concentración, él sabía mejor que nadie que el sentido es un recurso de supervivencia.
En sus palabras “-los prisioneros que tenían un para qué vivir eran los que lograban sobrevivir.-”
No los más robustos o de gran estatura sino los que tenían puesta su mirada en un proyecto por terminar, una tarea por cumplir, una persona a quien encontrar.

Esa visión a futuro es solo uno de los recursos de supervivencia que nos comparte, cumpliendo su propósito de poner al servicio de la humanidad lo que aprendió durante su época de cautiverio en los campos de concentración nazis, ¡para nuestros holocaustos!

Cada uno de nosotros vive su propio holocausto en tiempos de crisis, pérdidas, duelo, enfermedad, miedo, soledad…

No perder el sentido en tiempos de bienestar o prosperidad, es relativamente fácil, aunque sabemos que hay muchas personas que teniéndolo todo, experimentan un gran vacío existencial.

Sin embargo, cuando estamos en el túnel negro del dolor físico y emocional es prácticamente imposible vislumbrar el sentido pues, en sí mismas, dichas circunstancias no lo tienen. Es el trabajo personal de asumir el dolor inevitable para captar su mensaje con dignidad y valentía lo que se traduce en el fruto del crecimiento personal.

Lo que parece hacer una enorme diferencia entre las personas que “se crecen” ante su reto es la actitud: otro recurso de supervivencia del que habla el Dr. Frankl presentándolo como un valor dimensionalmente superior a otros valores, ya que implica ejercer la más profunda de las libertades humanas para tomar una postura ante lo que no se eligió.

¿Quién elige sufrir? ¡Nadie! A menos que sea masoquista. ¿Quién elige cómo sufrir? ¡Pocos! Eso es lo que hace admirables a personas que se convierten en maestros de vida tras una experiencia de dolor, enfermedad y pérdida abriendo un nuevo camino a muchos que vienen atrás.

Quien se convierte en maestro de vida, tiene un largo camino recorrido: confusión, desesperación, miedo, lucha, resistencia, intentos fallidos, momentos de esperanza y desesperanza, rabia…, hasta llegar a la reconciliación, al verdadero encuentro, a la paz, al amor.

Es por eso, que muchos de ellos sienten gratitud por lo vivido pues a partir de su experiencia dolorosa se sucedió una transformación.

Ese es el potencial del dolor y probablemente su sentido: transformar a la persona en alguien que hasta entonces desconocía.

El dolor es un gran maestro que sensibiliza, que humaniza enseñándonos la empatía, la compasión, la solidaridad, la entrega y lo que verdaderamente importa. La jerarquía personal de valores cambia tan drásticamente que el estilo de vida se trasforma. Es la persona la que vive una metamorfosis.

  • “Conocí realmente a mi padre cuando estuvo postrado por un cáncer; nunca antes me había permitido acercarme a él.” –
  • “Descubrí lo verdaderamente valioso hasta que estuve gravemente enfermo.” –
  • “Cambié drásticamente mis prioridades, mis relaciones, mi quehacer cotidiano tras mi enfermedad.” –
  • “Cuando perdí todo, empecé a conocerme realmente.” –

Son solo algunos mensajes que he escuchado de personas que han tocado fondo en una pérdida, enfermedad o crisis; solo entonces, han descubierto un profundo sentido en su vida.

¿Qué nos toca a los profesionales de la salud, orientadores, trabajadores sociales, tanatólogos y familiares? Hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que el proceso de acompañamiento sea dignificante y humanizador para todos, pues nosotros con ellos, ¡también nos transformamos!

 

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