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Crisis de la tercera edad

De las obras: «De la vida fugaz» de Elisabeth Lukas y Claudio García Pintos y «El precio de la vida» de Judith Viorst.

Nadie negaría que la edad nos puede castigar con pérdidas profundas e intensas –pérdidas de la salud, de nuestros seres queridos, de un hogar que ha sido nuestro refugio  y nuestro orgullo, de un lugar en una comunidad familiar, del trabajo, de nuestra condición social, de los horizontes, objetivos y de la seguridad material, de la capacidad de control y de nuestras decisiones. Nuestros sentidos nos comunican la decadencia de nuestra fuerza y de nuestra belleza. Nuestros sentidos pierden agudeza y nuestros reflejos se vuelven lentos.  Nuestro poder de concentración es más pobre, somos menos eficientes para procesar información y sufrimos pérdidas de la memoria… “¿Cómo se llamaba aquella chica? Sé que es un nombre que conozco”. (Judith Viorst).

Los estudiosos de la vejez reconocen que si bien la buena salud, los buenos amigos, la buena suerte y un buen ingreso, evidentemente hacen la vejez más soportable, lo que determina la calidad de nuestra vejez es la “actitud” con que nos enfrentamos a nuestras pérdidas y la propia naturaleza de esas pérdidas.

Hay ancianos y ancianas por ejemplo, que ven en cada dolor, en cada signo de decadencia o limitación física, un atropello, un asalto, una humillación y una pérdida intolerable. Pero también  hay quienes logran adoptar un punto de vista más positivo sobre este asunto, y que pueden decir, al igual que el escritor francés Paul Claudel: “Ochenta años, ¡no queda nada de la vista, de los oídos, de los dientes, no quedan ni piernas ni pulmones¡ Y cuando ya se ha dicho todo o se ha hecho todo, ¡qué bien se siente uno sin estas facultades¡”

En realidad, yo solía compartir esta idea de que la vejez solo podía traerme pérdidas. Hubo una época en que pensaba que mi mejor papel en la vida era el de la Niña Bonita, creía que el tiempo me llevaría desde la luz del sol a la oscuridad. Nunca me gustó otra estación que no fuera la primavera. Y aún me cuesta imaginar que si vivo lo suficiente seré una anciana, pero ahora eso ya no me parece tan mala noticia. La gente con la que he hablado y acerca de la que he leído, algunos personajes públicos, otro de círculos personales, me ha demostrado lo rica que la vida de un ser humano puede ser al final de los sesenta, a los ochenta, inclusive pasados los noventa.

“Mi amiga Irene es la más joven de ellos, sólo tiene sesenta y ocho años, y me ha dicho que no es demasiado tarde para empezar a jugar al tenis. La verdad es que para Irene nunca es demasiado tarde para emprender algo, y la prueba es que hace poco ha comenzado a escribir una novela, y hace algunos años siguió clases de canto, después de haberse inscrito en unos cursos científicos en Harvard. Ahora sueña todavía con aprender a pintar, a tocar un instrumento, con ir a Islandia y bailar el zapateado”. (Judith Viorst).

Debo mencionar a una mujer más, una mujer memorable, psicoanalista y profesora, amante del cine, de los libros, de los museos y de los buenos momentos, que a lo largo de su vida conservó  el más dulce de los apetitos  -el de la curiosidad- y cuyo interés primordial en la vida fueron las personas. Sólo la vi una vez –una dama frágil y pequeña, que escuchaba una conferencia en una silla de ruedas. Tenía dificultades para respirar pero se sentía latir la vida en  ella. Entre las numerosas herencias que esta mujer nos dejó se encuentra el siguiente sueño: “En su sueño está sentada a una mesa, cenando con unos amigos. Está comiendo con mucho placer, y come también de los platos vecinos. Pero antes de acabar su comida, un camarero empieza a retirar los platos. Ella levanta su mano para protestar, porque desea detenerlo. Pero entonces recapacita y deja  caer su mano lentamente. Dejará que lo retire todo, no se lo impedirá. No ha terminado su plato, que sabe muy bien, y no cabe duda de que le gustaría servirse otro poco. Pero ya ha comido lo suficiente. Está dispuesta a renunciar al resto.

Este es un sueño de una mujer que vivió intensamente  hasta su muerte, el sueño que me gustaría tener al final de mis días. Es un sueño que me dice que podemos dejar tranquilamente la vida de lado cuando se ha vivido plenamente, no sólo en primavera sino también en invierno. (Judith Viorst).

Desde la Logoterapia, García Pintos nos dice: Cada edad posee sus potenciales y reclamos, sus posibilidades y expectativas, sus recursos genuinos y vigorosos, su valor y, finalmente su “Sentido”. No existen entonces edades mas valiosas que otras o etapas mas vigorosas que otras. Todas ellas se manifiestan como oportunidades de realización plena. Y así, en su conjunto, el tránsito del individuo por las distintas edades le va permitiendo agotar las ofertas y expectativas básicas de cada una, pudiendo así alcanzar la siguiente con la satisfacción de lo vivido y la alternativa de lo que está por venir.

Así como la primera edad fue definida como la edad del deseo y la segunda como la del motivo o meta, considero oportuno entonces definir la tercera edad como la edad del sentido, teniendo en cuenta precisamente el desarrollo de la capacidad valorativa, es decir que el motor de esta edad es la búsqueda/descubrimiento del sentido.

A partir de esta definición podemos señalar también que el logro o expectativa básica de esta etapa es la “autotrascendencia plenificante”.

Bajo todo punto de vista, la tarea fundamental de esta tercera edad está condensada en el logro y manifestación de la integridad personal.

Entonces por un lado, me constituyo como yo mismo en el punto más culminante, y por otro lado me integro con los otros en una verdadera trascendencia, sabiendo qué ofrezco, por qué ofrezco y para qué ofrezco, porque  he comprendido la realidad de la existencia.

Cuando esto es así, logro una tercera edad serena y sabia. Porque la serenidad proviene del conocerme y comprenderme, en tanto que la sabiduría  (la capacidad de saborear la vida) se sigue de haber descubierto en la vida un sentido.

En la actitud de la persona que puede acceder a la tercera edad cumpliendo con la tarea de identidad personal, encontramos una valentía, un ánimo para vivir la vida que no asume las formas juveniles de la osadía, aparece el hombre superior al cual debemos acceder todos.  Eso lo han logrado ellos mismos por la aceptación constantemente renovada de lo que no se puede modificar , por la bondad que sabe que también están ahí los demás  y que trata de facilitarles lo suyo,  por la comprensión de que es mejor perdonar que tener razón, mejor la paciencia que la violencia y que las profundidades de la vida están en el silencio, no en el ruido.

Resumió:
María Luisa Monroy G
Médico Familiar. Logoterapeuta.
E-mail: luisammx@yahoo.com.mx
4421-79-5135

BIBLIOGRAFIA:

Lukas, E., Garcia Pintos, C. (2004).

De la vida Fugaz. México. Colección Sentido.

Viorst, J. (1999).

El precio de la vida. Argentina. Emece

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