SMAEL

La realidad económica del hombre de hoy desde la psicología humanista

13/08/2008

Victor H. Palacio Muñoz

La primera cuestión que debe constatarse es el hecho de que la regulación de la economía mercantil o de mercado en la actualidad está dada por la Ley del Valor-Trabajo, en tanto los medios de producción (y el capital como una de sus manifestaciones más importantes) son propiedad de unos pocos, ya que la mayoría de la población asalariada y no asalariada, detentan tan sólo su fuerza de trabajo o la capacidad de venderla.

Al ser la economía una economía capitalista, su fundamento es la competencia entre capitales y entre capitalistas y trabajadores, lo que se manifiesta en las relaciones estructurales básicas del sistema: tasa de plusvalía (o nivel de excedentes que produce el trabajador por cada peso que le pagan), tasa de ganancia (porcentaje que se queda el empresario) y composición orgánica de capital (indica el nivel de desarrollo tecnològico de un país o de una empresa).

Desde el punto de vista de la producción, el progreso capitalista y la división del trabajo explican la esencia de la competitividad, en la medida en que se encuentra incorporado el aspecto tecnológico como esencia de la competitividad, la cual permite reducir el tiempo de trabajo incorporado a los productos y explica la mayor o menor productividad que tienen las empresas. Esta última dependerá de dicho progreso tecnológico, del uso de la fuerza de trabajo y, por tanto, del incremento del ejército de reserva, el cual crece más aprisa con el cambio tecnológico; de la forma en que consumen (productivamente los capitalistas).

El consumo obrero consume mercancías, las cuales, vía el desarrollo tecnológico, cada vez valen menos, lo mismo que la mercancía fuerza de trabajo.

Así, en la época actual quizás de manera más descarnada y descarada, las fases producción-distribución-consumo tienen momentos de realización y funcionalidad en el proceso de reproducción capitalista. En la producción se define y regula la producción de plusvalía, la valorización del capital; en la distribución puede asegurarse no la realización de la ganancia; y en el consumo se presentará el nuevo valor creado que toma la forma de ingresos en la forma de consumo productivo (insumos intermedios) y consumo improductivo (final).

Los elementos anteriores sirven para comprender en sus justos términos la presencia de la mundialización de la ley del valor y, por ende, su manifestación en el marco de la globalización.

Lo central del planteamiento que estamos haciendo es que la mundialización de la economía de mercado o globalización supone la mundialización de las relaciones estructurales básicas del sistema capitalista. O dicho de otra manera, la mundialización del capital significa globalización de la ley del valor.

Cabe señalar que dicha mundialización implica la presencia de países centrales y periféricos, lo cual daría lugar al establecimiento de relaciones de intercambio entre unos y otros, siendo desfavorable para los periféricos. De esta manera, en la economía global se tiene que se produce y genera plusvalía tanto en el centro como en la periferia, la cual es distribuida en forma desigual y, por ende el consumo se da también diferenciado entre capitales y capitalistas de los países centrales o desarrollados y periféricos o subdesarrollados.

Ahora bien, para entender lo que es la mundialización en la actualidad podemos centrarnos en cuatro aspectos, a saber:

· El carácter mundial de la valorización del capital.

· El carácter mundial de los agentes económicos.

· El carácter mundial de la competitividad y la productividad.

· El carácter mundial de los mercados (financieros, de mercancías, de fuerza de trabajo y tecnológicos).

Abundemos un poco más en la que a las relaciones “centro- periferia” se refiere.

El núcleo esencial del sistema capitalista, el que explica su funcionamiento y marca sus pautas tendenciales, es el “centro”. Esto posibilita la explicación de la “periferia”, la cual está sometida a los procesos de producción-distribución y consumo del “centro”.

Con la mundialización del sistema, la “periferia” ofrece capital constante (materias primas fundamentalmente) y capital variable (pago de la mano de obra) más barato y, por tanto, excedentes que los países centrales se apropian de diferentes maneras.

El sentido productivo de la globalización está orientado a los países periféricos que se insertan en este proceso de intercambios-explotación para que de esta forma se mantengan dichos países en los límites del subconsumo y de la pobreza.

Por otra parte, para comprender en sus juntos términos el proceso de globalización productiva es menester referirnos a tres fuerzas productivas: fuerza de trabajo, recursos naturales y tecnología.

Cuando se habla de globalización se hace referencia también a la expansión mundial del trabajo asalariado, no importando si sus ingresos son altos y bajos. Sin embargo, ha podido constatarse en el mediano y largo plazo que a medida que se desarrolla el capitalismo, particularmente la industria, y en la medida en que el sector terciario de la economía (comercio y servicios) se ha vuelto dominante, lo que ha crecido de manera global es el ejército de reserva (desempleados y subempleados) que tanto en los países periféricos como en los centrales crece y se convierte en un ente que tiende a contraer el alza de los salarios.

De otro lado, la presencia de una superpoblación relativa globalizada trae como consecuencia un mayor posicionamiento de las empresas transnacionales que confrontan a los Estados-nación retirando sus capitales e incumpliendo los contratos colectivos de trabajo, situación que lleva a una crisis de legitimación de dichos Estados-nación.

Así, la mundialización de la producción, es decir, del capital constante, capital variable y plusvalía o excedentes no lleva a una mundialización del consumo sino a la perpetuación y acentuamiento de la polarización social.

De esta manera, el capitalismo globalizado se encuentra en un verdadero brete: la presencia de más mercado no soluciona las cosas, tampoco la presencia del Estado con sus políticas de apertura externa y de gestión en la pobreza. Tampoco es posible aprovechar la mano de obra que se encuentra en los mercados laborales del mundo ya que a ella se le oponen las redes y movimientos migratorios internacionales. Además, si se incrementara significativamente el empleo y, por tanto, el capital variable, a nivel mundial, esto iría en contra de la lógica de la competitividad y de la productividad.

En lo relativo a los recursos naturales, se observa una depredación capitalista ilimitada que pone en riesgo el futuro del planeta; los recursos naturales (tierra, agua, petróleo, minerales, etc.) generan una renta que en términos globales es apropiada por los países centrales en detrimento de los países periféricos. Es más, aquellos, además de quedarse con las rentas que proceden de la naturaleza, no pagan los daños que le causan a la misma.

Ahora bien, con relación a la tecnología se tiene un avance científico-tecnológico sin parangón en la historia de la humanidad. Empero, el progreso capitalista no puede hacer que se desarrolle el resto de la humanidad ya que la plusvalía sustraída a los trabajadores con la introducción de los avances tecnológicos no es distribuida de manera equitativa al conjunto de la población.

Por otra parte, ante una situación de crisis como la que atraviesa el mundo, la tendencia es hacia la disminución del tiempo de trabajo socialmente necesario, bajar el capital variable y, por ende, aumentar la tasa de plusvalía, teniendo como contratendencia la flexibilidad y precariedad laboral.

“La mundialización de la ley del valor, el desarrollo desigual y la crisis económica han regulado objetivamente la internacionalización de las formas en que funciona el capital (capital-mercancía, capital-dinero y capital-productivo) y la combinación de sus dos maneras de participar en la valorización (como capital constante y como capital variable)” (Martínez Peinado, 2001).

En este sentido, la ley del valor-trabajo baña todas y cada una de las relaciones que cotidianamente enfrenta la persona consigo misma, en su familia, en el país y en el mundo.

El mundo y su importancia en la reflexión psicológica

El mundo es el medio más adecuado para descifrar el misterio ontológico del hombre, es el lugar de las realizaciones concretas, es el lugar donde se encuentran todos los sentidos que la vida del hombre precisa para la concientización de su espiritualidad y de su trascendencia (Bretones, 1998). El mundo es algo más que un simple estar ahí, no representa una condena, ni un lugar de tránsito, tampoco un valle de lágrimas.

En la actualidad lo que predomina en el orbe es la cultura light, en donde el poder económico se enseñorea. Esto posibilita la degradación y deshumanización del hombre. No hay horizontes ni metas que alcanzar, el amor es inexistente, no hay raíces, pasado, ni propósitos. El futuro es una quimera, se impone la nada (Bretones, 1998).

La misión del hombre en el mundo es apelar, consiste en salir para realizar algo o amar a alguien. También el mundo tiene su propia misión: apela al hombre y lo convoca para que cumpla sus tareas.

Según Frankl, en el mundo contemporáneo “el hombre huye de una soledad y un vacío de interiores, y en su huida cae en el desorden” (Frankl, 1995). De esta manera, puede afirmarse que durante el siglo pasado y el actual se vive en el siglo de la ansiedad. Joachim Bodamer dijo acertadamente: “Si el hombre de hoy tiene miedo, es un miedo al aburrimiento”, el cual puede ser mortal (citado por Frankl, 1995).

El fanatismo es un problema mundial que aqueja al hombre en nuestros días el fanático pasa por alto la personalidad de los individuos que no piensan como él, no admite un modo de pensar distinto al suyo; lo único que acepta es su propia opinión.

Un nuevo fantasma recorre el mundo: una sociedad completamente mecanizada, dedicada a la máxima producción y consumo a través de una computarización y digitalización de todos los procesos económicos, sociales y culturales. Esto trae como resultado personas pasivas, apagadas, poco sentimentales, en donde domina el individualismo (Fromm, 1970).

“¿Estamos frente a un dilema trágico e insoluble? ¿Hemos de producir gente enferma para tener una economía sana, o existe la posibilidad de emplear nuestros recursos materiales, nuestros inventos y nuestras computadoras al servicio de los fines del hombre? ¿Debe la mayor parte de las personas ser pasivas y dependientes a fin de tener fuertes organizaciones que funcionen bien?” Son algunas preguntas que se hacía Fromm y que siguen teniendo validez (Fromm, 1970).

El mundo actual se caracteriza por insatisfacción, pasividad, aburrimiento, abolición de la vida privada y despersonalización, aunada al ansia de una existencia dichosa y significativa.

Otro elemento en nuestra contra es el pensar que siempre tenemos que estar ocupados “haciendo algo”. En efecto, la mayoría de la gente se halla tan “activa” que no soporta estar sin hacer nada, llegando incluso a convertir el llamado tiempo libre en otra forma de actividad. A lo que tememos es al momento en que realmente no tenemos nada que “hacer” ya que en ese momento nos encontramos con nosotros mismos y nos enfrentamos a nosotros mismos, lo que, en la mayoría de los casos, no resulta agradable.

Ante esto lo que queda es la esperanza. Tener esperanza significa estar listo a lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida (Fromm, 1970).

“Cuando la esperanza fenece, la vida termina, de hecho o virtualmente. La esperanza es un elemento intrínseco de la estructura de la vida, de la dinámica del espíritu del hombre. Se halla estrechamente ligada a otro elemento de la estructura vital: la fe. Esta no es una forma endeble de creencia o de conocimiento; no es fe en esto o en aquello. La fe es la convicción acerca de lo aún no probado, el conocimiento de la posibilidad real, la conciencia de la gestación. La fe es racional cuando se refiere al conocimiento de lo real que todavía no nace, y se funda en esa facultad de conocer y de aprehender que penetra la superficie de las cosas y ve el meollo. La fe, al igual que la esperanza, no es predecir el futuro, sino la visión del presente en un estado de gestación” (Fromm, 1970). La fe es la certidumbre de lo incierto.

La esperanza y la fe buscan modificar el estado de cosas individual y social. Por eso se hermanan con la vida porque se hallan en constante cambio y que en ningún momento permanece igual.

Dice Fromm: “Psicológicamente hablando, la destructividad es la alternativa ante la esperanza, justamente como la atracción por la muerte es la alternativa ante el amor a la vida, y justo todavía como la alegría es la alternativa ante el aburrimiento. Los signos de la desesperanza están en todas partes. Mírese la expresión aburrida del promedio de las personas, o la falta de contacto entre las mismas –incluso cuando tratan desesperadamente de “entablar contacto”–. Obsérvese la incapacidad para dar seriamente solución al cada vez más crítico problema del envenenamiento del aire y el agua de las ciudades, o del hambre en los países pobres, para no hablar de la inhabilidad para poner fin a la cotidiana amenaza a las vidas y proyectos de todas nosotros: las armas termonucleares. Pero no importa qué digamos o pensemos sobre la esperanza, nuestra ineptitud para obrar o hacer proyectos para la vida revela nuestra desesperanza” (Fromm, 1970).

Lo que priva actualmente es una sociedad de consumo masificada que nos subsume en ella. Marx reconoció con mucha claridad el efecto del consumo en aumento constante. Buena prueba de ello son las siguientes afirmaciones de sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844: “…la producción de demasiadas cosas útiles da como resultado demasiados hombres inútiles.

“La maquinaria se adapta a la debilidad del ser humano para convertir al débil ser humano en una máquina. Dentro del sistema de la propiedad privada…todo hombre especula con la creación de una nueva necesidad en otro para obligarlo a hacer un nuevo sacrificio, para colocarlo en una nueva dependencia y atraerlo a un nuevo tipo de placer y, por tanto, a la ruina económica…Con la masa de objetos, pues, crece también la esfera de entidades ajenas a las que está sometido el hombre. Todo nuevo producto es una nueva potencialidad de engaño y robo mutuos. El hombre se vuelve cada vez más pobre en cuanto hombre…” (Marx, citado por Fromm, 1970).

Así, se presenta el “síndrome de la enajenación”, con el cual el hombre se siente impotente, solo y angustiado, sin sentido de integridad y de identidad, conformista y lleno de desesperanza.

Además de los rasgos patológicos arraigados en la disposición pasiva, existen otros que son importantes para comprender la patología actual de la normalidad. Me refiero a la creciente separación de la función cerebro-intelectual de la experiencia afectivo-emocional; a la escisión entre el pensamiento y el sentimiento, entre la mente y el corazón, entre la verdad y la pasión.

Por otra parte, no sólo el pensamiento sino también la emoción pueden ser racionales. “El corazón tiene razones que la razón ignora por completo”, como dijo Pascal. La racionalidad respecto de la vida emocional significa que las emociones afirman y ayudan a la estructura psíquica de la persona a mantener una armonía a la vez que favorecen su desarrollo. Así, por ejemplo, el amor irracional es aquel que incrementa la dependencia del individuo y, por tanto, su angustia y hostilidad. El amor racional, en cambio, es un amor que relaciona íntimamente a una persona con otra y al mismo tiempo preserva su independencia e integridad.

La razón mana de la combinación del pensamiento racional y el sentimiento. Si separamos las dos funciones, el pensamiento se deteriora volviéndose una actividad intelectual esquizoide y el sentimiento se disuelve en pasiones neuróticas que dañan a la vida (Fromm, 1970).

La división entre pensamiento y afecto conduce a una enfermedad, a una esquizofrenia crónica poco profunda, que el nuevo hombre de la era informática comienza a padecer (Fromm, 1970).

Al hablar aquí de una esquizofrenia crónica de poca profundidad, debemos explicar. La esquizofrenia, como cualquier otro estado psicótico, hay que definirla no sólo en términos psiquiátricos, sino igualmente en términos sociales. La experiencia esquizofrénica más allá de cierto límite es una enfermedad que se presenta en cualquier sociedad, puesto que quienes la sufren son incapaces de actuar dentro de circunstancia social alguna. Sin embargo, hay formas crónicas poco graves de psicosis que son compartidas por millones de personas y que no les impide funcionar socialmente. Por cuanto esas personas comparten su enfermedad con millones de individuos, tienen el sentimiento satisfactorio de no estar solas; en otras palabras, evitan esa sensación de aislamiento total tan característico de las psicosis plenamente afianzadas. Y se consideran a sí mismas normales. Por el contrario, a quienes no han perdido el vínculo entre el corazón y la mente se les tacha de “locos”.

Ahora bien, así como hay una esquizofrenia crónica de escasa gravedad, de igual manera hay también una paranoia y una depresión crónicas poco graves.

La tendencia a colocar al progreso técnico como el valor más alto se halla ligada no sólo al énfasis excesivo que concedemos al intelecto sino a una profunda atracción emocional hacia lo mecánico, hacia todo lo no vivo, hacia todo lo hecho por el hombre. Esta atracción hacia lo que no está vivo, que no es otra cosa que la atracción por la muerte y la descomposición (necrofilia), lleva, aún en su forma menos drástica, a la indiferencia hacia la vida en lugar de a “la reverencia por la vida”. Aquellos que se sienten atraídos por lo no vivo son los que prefieren “la ley y el orden” a las estructuras vivas, los métodos burocráticos a los espontáneos, lo artificial a lo viviente, la repetición a la originalidad, lo neto a lo exuberante. Querrían dominar la vida porque temen a su espontaneidad incontrolable; y antes que exponerse a ella y fundirse con el mundo que los rodea, la matarían (Fromm, 1970).

En un periodo histórico en donde predomina el mundo informático, las personas quedan relegadas a un segundo orden. De ahí que si esta ensoñación por la computarización y miniaturización de la vida sigue avanzando en el orbe, el problema de la libertad y de la responsabilidad humanas parecería desaparecer. Los sentimientos del hombre estarían determinados por sus instintos y su razón por la computadora; no tendría que dar respuesta a las cuestiones que su existencia le plantea. Nos agrade o no tal tendencia, su realización es imposible: “el mono desnudo con su cerebro de computadora dejaría de ser humano o, más bien, no sería” (Fromm, 1970).

Entre los efectos patogénicos que la sociedad tecnológica produce en el hombre, deben mencionarse dos más: la desaparición de la vida privada y la del contacto humano personal (Fromm, 1970). Esto es muy importante ya que el hombre está dejando de ser hombre, perdiéndose en la individualidad y en la capacidad de interrelacionarse con los demás.

Es por ello que se necesita agregar un elemento de importancia capital para comprender la conducta del hombre en la sociedad actual: la necesidad humana de certidumbre. El hombre, ante la vida, tiene que elegir, lo cual supone enfrentarse en todo, aún a cualquier cuestión so pena de elegir equivocadamente. Aunque la confrontación más difícil es consigo mismo. La duda que lo acosa cuando tiene que decidir le causa una dolorosa tensión e incluso puede comprometer seriamente su capacidad para tomar decisiones rápidas. Por tanto, el individuo necesita de certidumbre. Precisa que la manera en que toma sus decisiones es la correcta. Esto lo lleva a preferir tomar decisiones “equivocadas” y estar seguro de ellas, que tomar una decisión “correcta” y atormentarse con la duda respecto de su validez (Fromm, 1970).

Y he aquí una paradoja: con la creciente complejidad de la vida, que ha perdido toda proporción humana, con el sentimiento cada vez mayor de impotencia y aislamiento individual, el hombre orientado por la ciencia dejó de ser racional e independiente. Perdió el valor para pensar por sí mismo y tomar decisiones basadas en su pleno compromiso intelectual y emocional con la vida. Así que quiso cambiar la “certidumbre incierta” que proporciona el pensamiento racional por una “certidumbre absoluta”: la certidumbre pretendidamente “científica” que se funda en la predictibilidad (Fromm, 1970). Esto llama la atención y obliga a repensar en los paradigmas en que nos desarrollamos.

 

*Economista, psicólogo y logoterapeuta. Correo electrónico: palkacios@hotmail.com

  • Lic. en Economía (IPN); Maestría en Urbanismo (UNAM); Candidato a Dr.en Urbanismo (UNAM); Dr. en Economía Internacional (Newport University); Ph.D. en Psicología (Pacific Western University); Diplomado y Especialidad en Logoterapia (con el aval de la STPS).
  • 16 libros y más de 40 artículos científicos en revistas nacionales y extranjeras; 12 capítulos en libros y 8 trabajos presentados (según clasificación Conacyt) de corte socioeconómico.
  • Investigador Nacional nivel I.
  • Coordinador del Posgrado en el Programa Nacional de Posgrados de Calidad de Conacyt en el Centro de Investigaciones Económicas, Sociales y Tecnológicas de la Agroindustria y la Agricultura Mundial de la Universidad Autónoma Chapingo, en la cual laboro desde 1980.
  • Profesor en la UNAM, IPN, UAP (Puebla), UABC (Tijuana) y Universidad Autónoma de Chiapas.

 

BIBLIOGRAFÍA

1) 8) Bretones, Francisco, Logoterapia: apelación a la vida como tarea, Ed. San Pablo, Col. Noésis, Buenos Aires, Argentina, 1998,

2) Frankl, V., La psicoterapia al alcance de todos, Herder, Barcelona, 1995.

3) Fromm, Erich, La revolución de la esperanza. Hacia una tecnología humanizada, Fondo de Cultura Económica, México, 1970.

4) Martínez Peinado, Javier, El capitalismo global: límites al desarrollo y a la cooperación, ed. Icaria, Barcelona, 2001.

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