La intimidad como expresión del amor

Por José Menna

 

LA CONCEPCION LOGOTERAPEUTICA DEL AMOR

A diferencia de la mirada psicodinámica clásica, para la logoterapia el amor no es interpretable como un epifenómeno de pulsiones sexuales sublimadas sino que constituye la más elevada forma de inclusión de otro ser humano en nuestra realidad desde lo más profundo y lo más elevado de su personalidad: “Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos y rasgos esenciales de la persona humana” (Frankl, V.; 1987).

El amor se revela a la persona como la más profunda penetración en la textura personal del otro. Desplegada en la espiritualidad, esta relación constituye la expresión más elevada de vincularidad.

Como forma de autoconocimiento nos permite reconocernos como capaces de entregarnos a una relación elevada a través de la cual autotrascendemos y desplegamos valores de experiencia. A la vez, como relación de persona a persona, nos hace capaces de descubrir la esencia individual y única de la persona amada. Esto caracteriza al amor como un encuentro humano, de persona a persona, no mediatizado por otras instancias y considerando a la persona amada como fin en sí misma.

El amor es único en tanto es insustituible e irrepetible la persona espiritual amada, y esto llevó a Víktor Frankl a concluir que “el auténtico amor garantiza ya por sí mismo su duración en el tiempo, su perpetuidad” (Frankl, V. (1983[1943]) y la garantía de verdadera fidelidad vincular no está dada en conductas represivas sino en que la autenticidad amorosa se constituye en orientación de una personalidad espiritual hacia otra.

Respecto del autodistanciamiento, quien ama genuinamente se encuentra tan imbuido de la esencia del ser amado que su realidad personal pasa a un segundo plano.

El sexo es una forma de expresión del vinculo amoroso, pero no es un requisito; el amor se sirve del encuentro íntimo en el plano de la sexualidad, pero no necesita de lo corporal ni para despertar ni para realizarse sino que se vale de él para ambas cosas.

EL VÍNCULO HUMANO, DIMENSION DE LIBERTAD

El vínculo, lugar de encuentro, es también un espacio de crecimiento. La clave está en relacionarse desde lo positivo; si lo hacemos así, atraeremos vínculos que nos permitan crecer en esa interdependencia.

La vincularidad representa un problema cuando se tolera en vez de aceptar; o cuando se necesita de la referencia de un otro usado como negativo de la foto a la que oponerse y así consolidar identidad.

Por ejemplo: Personas con déficit narcisístico tienden a segmentar el mundo en amigos y enemigos en función de si se sienten avalados o rechazados en su ego. Este aval no puede ser parcial, debe ser absoluto. Recién ahí, vivencian que su identidad ha sido ratificada.

Otro caso es el de personas que padecen Trastornos de Límite de la Personalidad: se le agrega a lo anteriormente expresado el componente impulsivo que los puede llevar a amar y odiar a una persona, sin medida y de un momento a otro y, en el fondo, no hay una verdadera aceptación del otro como persona.

Las personas que sólo arman lazos vinculares superficiales tienen temor a acercarse a los demás, tienden a crear un estilo de vida y de relación con el entorno con estructuras tan defensivas que terminan aisladas del dolor pero también de los demás: “cualquier cosa que actúa como defensa rígida aísla al individuo de la dicha, a la vez que del dolor”(Viscott, 1976)

El hecho de intimar implica una autorrevelación mutua. Lamentablemente, se suele dedicar mucho tiempo y energía a ocultar el verdadero Yo tras una suerte de blindaje emocional, pero a la vez se experimenta el vacío de no llegar a la intimidad. Una verdadera paradoja: se anhela, se desea la intimidad, pero con la misma fuerza se termina huyéndole.

La apertura a la intimidad, al vínculo, a la relación profunda y elevada, implica compartir secretos y vulnerabilidades, la persona se muestra tal cual es. En este sentido relacionarnos nos mantiene honestos, porque aislados y solos podemos “convencernos” de cualquier fantasía que nos regale la ilusión de la certidumbre y la seguridad; y a su vez nosotros hacemos lo mismo en los demás porque el vínculo genera interdependencia.

Esto hace temer, pero no se le teme al otro sino a nosotros mismos porque si quedan expuestas nuestras vulnerabilidades podemos ser rechazados. He aquí una nueva paradoja: personas que desean con ahínco amar y ser amados pero, para hacerlo, tienen que abrirse y exponerse al rechazo y la frustración y como se le da mas importancia al resultado que a lo que se vivencia brindándose, no llegan a darse a conocer por temor a ese rechazo.

En realidad, cuando damos a conocer a otro nuestras limitaciones, la mayoría de las veces esto nos acerca en vez de alejarnos. La elección de conocernos a nosotros mismos y animarnos a relacionarnos desde ahí, es un excelente punto de partida.

La sensación de no ser conocido es una de las formas más actuales de soledad, y está fomentada por este temor de darnos a conocer. Queremos ser conocidos por quienes somos, y amados por lo que somos, pero tememos darnos a conocer.

El concepto de intimidad es también bio-psico-socio-espiritual: Involucra una intimidad física, biológica, donde una de las manifestaciones es la sexualidad (una, no la única); una intimidad emocional, relacionada con el abrir nuestra emotividad a otra persona, trascender el temor, mostrarnos tal cual somos y una intimidad espiritual en la cual nos encontramos con otra persona en el nivel de la trascendencia.

Para que un vínculo prospere se requiere en general, un sentido en la vida afín, un propósito en común. Siempre se dice de la necesidad de que haya intereses en común Si bien son importantes, en el vínculo se trata de aportar lo necesario para que el otro logre también ser el mejor Yo posible. El sentido de la relación será también que la misma logre ser el mejor vínculo posible y esto trasciende la idea de interés en común.

Es así que toda nuestra vincularidad tendrá lugar en la medida que no se contraponga con el sentido de nuestra existencia. Cada relación, por formal o informal que sea es una oportunidad para realizar valores de experiencia y promover sentido. ¿Cuándo es una relación problemática?

Esencialmente, cuando nos apartan de nuestro propósito esencial, por eso antes de tomar cada decisión respecto de la prosecución o cambio de naturaleza de un vinculo, debiéramos poner la pausa para preguntarnos cual de las decisiones posibles será la mejor para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.

El la clínica puede observarse la dificultad actual de las personas para comprometerse con las relaciones vinculares. Comprometerse en una relación implica exhibirse y exponerse y esto es “bajar las defensas”. No obstante, hay algo más problemático aún que la falta de compromiso desde la voluntad: la falta de propósito para con la relación y sin una clara comprensión de nuestro propósito, no hay compromiso posible.

En tanto amamos a otra persona, no podemos esperar para ella otra cosa que no sea que logre ser la mejor posible versión de sí mismo, más cercana a su propósito esencial y que no traicione su propio ser.

La libertad es la fortaleza de carácter para hacer lo que es bueno, lo noble y lo correcto, lo coherente con sus convicciones y deseos, haciéndose responsable de sus consecuencias. La libertad es prerrequisito para el verdadero amor.

Lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia. Donde hay indiferencia no hay pasión ni compromiso con la pareja y mucho menos, con el propósito compartido y con el sentido del compartir. Esto deja a las personas en un lugar de vacío y de desesperación, con lo cual el vínculo se convierte en un lugar de desesperación y si la persona se centra en la carencia, en el problema, en vez de hacer foco en la solución, puede optar por cortar de raíz la relación al entender que éste no es la sede sino el origen de su sentimiento de vacuidad.

El refrán popular dice “muerto el perro se acabó la rabia”, y con esta solución simplista deshacen ligazones valiosas y no mitigan su dolor. Por eso puede decirse que la indiferencia separa, mientras que el amor une: “La indiferencia se desespera; el amor se regocija. A la indiferencia no se la puede conmover; el amor se compromete. La indiferencia es escasez; el amor es abundancia. ” (Kelly, M.; 2006)

El amor no es un sentimiento, es una decisión tomada a partir de sentimientos. El amor no es algo que se siente, sino que se vivencia y se elige como camino, generalmente el único camino sensato que se puede tomar, incluso para disolver un vínculo. A veces el amor implica poner límites, no darle al otro lo que pide, o decirle a alguien lo que no quiere oír.

Al elegir no amar, renunciamos a la libertad. Podemos decidir no amar a alguien por despecho, por venganza o por miedo, pero hacer esto no perjudica necesariamente al otro y nos rebaja como personas.

Amar es una decisión, cuando optamos por hacerlo nuestra espiritualidad se despliega liberada y nos eleva, cuando optamos por no hacerlo, nuestra condición humana se degrada.

El amor tiene naturaleza transformadora porque nos permite desplegar valores y conectarnos con nuestro Yo más elevado. Las personas deberíamos enamorarnos menos y amar más.

Amar implica la aceptación de la persona amada como está siendo, pero esto no implica una postura resignada, en tanto en el amor se genera el espacio para que sea posible ser la mejor persona que podemos ser; y como el amor es agente de cambio, querremos lograr cambios en la persona amada, esto es esperable.

Estos cambios no necesariamente se producirán. El ser amado puede entender que el cambio reclamado puede ser un capricho (de hecho, puede serlo) o que no está en condiciones de instrumentarlo por limitaciones personales. Allí es donde la aceptación y la comprensión nuevamente entran a jugar.

A menudo escuchamos que en los vínculos es indispensable la tolerancia. Esto no es necesariamente así. Lo que es indispensable es el respeto, la aceptación y por sobre todo la comprensión.

¿Por qué no tanto la Tolerancia? Porque tolerar es soportar con indulgencia algo malo o desagradable, o que desaprobamos, es aguantar, implica un sacrificio, es un concepto elaborado desde la carencia, desde lo negativo. Si tolero estoy soportando, aguantando, reprimiendo o conteniendo los sentimientos de desagrado y desaprobación. Lo hago indulgentemente, pero eso tampoco implica un verdadero y genuino perdón. Vemos bastante seguido como lo soportado en los vínculos, tiempo después, cuando sobrevienen las crisis, es nuevamente ventilado.

Comprender es desarrollar la capacidad de entender las cosas, aunque no las aceptemos u aprobemos. La comprensión abre el camino al perdón porque hay un reconocimiento cabal de la humanidad del otro.

Este es el poder transformador del amor, pero para que sea posible su despliegue debe alcanzarse el necesario nivel de sinceridad e intimidad, debemos habernos abierto al ser amado y mostrarnos tal cual somos, y eso implica, trascender el miedo a resultar vulnerables.

La intimidad es una necesidad. Es posible que sobrevivamos sin ella, pero no será fácil prosperar y convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos sin ella.

Las razones que normalmente se aluden para la elusión de la intimidad son el miedo a la crítica y el juicio de la mirada del otro.

LAS ACTITUDES FRENTE A LA PAREJA

LA ACTITUD SEXUAL:

Esta actitud se construye a partir de la atracción hacia la otra persona a partir de sus características físicas que tiene; su aparición física determina atracción sexual que a la vez desencadena la pulsión sexual. En los primeros tiempos de la pareja, es habitual la predominancia de esta actitud y mientras ésta permanece elevada y en concordancia, hay ajuste de ambos a ésta como principal razón de la construcción del vínculo. Los problemas surgen cuando esta atracción, por el paso del tiempo y otros factores, decrece.

LA ACTITUD EROTICA:

A diferencia de la anterior, aquí lo que predomina es el enamoramiento de las características psicológicas del otro. No está ya movilizado por las cualidades físicas sino que se siente conmovido en su aspecto emocional. Fundada en esta actitud, una pareja tiene mayores posibilidades de subsistir que si se fundase solamente en la actitud sexual. Por eso, cuando este último decrece en intensidad aún pueden permanecer las condiciones psicológicas que lo sustenten. No obstante, estas características emocionales también están sujetas a la posibilidad de cambio en tanto las personas se ven confrontadas a crisis vitales y accidentales que modifican su cosmovisión del mundo y de la vida, actitudes y patrones de comportamiento.

Esto puede devenir una notable labilidad emocional de uno o de ambos integrantes de la pareja que acaba por afectar la convivencia, la comunicación y el vínculo en general.

LA ACTITUD TRASCENDENTAL:

Finalmente, en este caso, la otra persona es vista en su unicidad y, sólo en este caso, amar implica una decisión hecha en absoluta libertad, sin dictados instintivos. No es un impulso que empuja al Yo hacia un Tu, sino que es el amor de un Yo que se decide por un Tu.

Esto no implica en modo alguno la negación de lo sexual o de lo erótico, son esferas de la realización humana que no pueden ni deben escindirse cuando precisamente de unicidad hablamos. “Sobre todo se intenta evidenciar que tales factores no son de por sí suficientes para garantizar la unidad y la estabilidad de la relación” (Fizzotti, E.; 1994).

Es la relación autotrascendente, aquella en la cual ambos han trascendido su mismidad aquella que les permite como pareja desplegar su espiritualidad más allá del vínculo de pareja, y este es el caso de la familia.

LOS SIETE NIVELES DE INTIMIDAD

Matthew Kelly (2005) señala a la intimidad como una necesidad humana: podemos sobrevivir sin ella, pero no podremos realizarnos plenamente como humanos sin la intimidad, que nos permite la autotrascendencia y el despliegue hacia la mejor versión de nosotros mismos. Este autor propone la observación de siete niveles que nos permiten identificar signos en la vida vincular que denotan el conflicto, que está dificultando el acceso a la actitud amorosa autotrascendente.
En lo personal, la aplicación de este recurso como técnica de observación diagnóstica me ha resultado de mucha ayuda en la labor clínica.

PRIMER NIVEL: LOS CLICHÉS

Un cliché o lugar común es una expresión hecha, que permite a las personas hablar sobre un tema sobre el cual se puede interactuar “casualmente”, sin compromiso intelectual ni emocional, sin involucrarse subjetivamente al hacerlo. Estos clichés nos sirven para la comunicación inicial con las personas, nuestro primer acercamiento, nuestra primera demostración a la otra persona que nos interesa algo de saber de ella. Los clichés son seguros, nos permiten interactuar sin correr grandes riesgos de ser imprudentes o inoportunos y por ello resultar rechazados.

El problema de estos lugares comunes en el plano de lo vincular es que están bien para un momento de la pareja y luego para determinadas circunstancias de la convivencia, pero cuando observamos que toda la comunicación vincular se reduce al intercambio de clichés, cuando este nivel nunca es superado, nos da un claro indicio de la dificultad existente habida cuenta que no surge la posibilidad de autotrascendencia. El otro es “una compañía” y nada más.

SEGUNDO NIVEL: LOS DATOS

En este nivel la comunicación ya se centra en datos personales, el relato de experiencias y relaciones pasadas, la familia de origen y el mundo en el que vivimos. Los datos de los que se habla aquí no son datos controversiales sino evidentes, o sea que tratarlos tampoco crean conflictos. La comunicación que circula en este nivel tiene algo de implicación subjetiva, se revela algo de lo que se piensa o se siente.

Este nivel debe estar presente en la interacción vincular, porque es un estimulo intelectual importante, a menudo puerta de entrada al tercer nivel, el de las Opiniones. A través del pasaje por este segundo nivel se crece, porque se aprende del otro y de la realidad.

Al haber más implicación subjetiva, se nos convoca a un lugar de mayor responsabilidad: debiéramos preguntarnos si estos datos que brindamos ayudan a la otra persona a encontrarse a si mismo y convertirse en la mejor versión de sí mismo. De no trascenderse este nivel en oportunidad, el diálogo queda reducido a un intercambio de información que puede resultar entretenido, pero no eleva espiritualmente.

TERCER NIVEL: LAS OPINIONES

Las opiniones tienden a ser divergentes y como consecuencia de ello, pueden dar lugar a controversias: cuando alguien emite una opinión que no conforma, el otro puede abrirse a una discusión o eludirla bajando al nivel de los clichés para descomprimir la situación tensa dentro de la pareja o el grupo familiar. La discusión escala en manifestaciones agresivas cuando supera el umbral del cambio de opiniones y se cargan emocionalmente: “Discutir (en esos términos) es el equivalente intelectual de tener una rabieta, comportamiento que la mayoría de los niños abandona a los cuatro años” (Kelly, M.; 2005).

Cuando se da esa sobrecarga emocional, deja de hablarse del asunto que motivó la discusión y quedarse con la razón pasa a ser más importante que estar en paz con el disenso o llegar a puntos de acuerdo. Lograr esto es signo de madurez en la pareja, persistir obcecadamente en “convencer” al otro a veces en nimiedades debería llevar a preguntarnos. ¿Nos sentimos tan inseguros de nuestras opiniones que no podemos sostenerlas sino a merced de doblegar al otro?

Este tercer nivel es muy importante para la construcción de una intimidad autotrascendente porque en él nos encontramos frente a frente con la importancia práctica de tener una meta y un propósito en común. Si nuestro propósito en la vida es plenificarla con sentido y ésta intencionalidad es compartida por la pareja, muchas discusiones estériles serán descartadas.

Cuando los grandes propósitos vitales y el respeto por la unicidad del otro es soslayado, las discusiones derivan a menudo en una batalla de egos en la cual el tiempo y la energía empeñadas están puestas al servicio de imponer criterios y no del crecimiento mutuo. Apartar el ego del debate es la forma más rápida de llegar a puntos de consenso y empatizar con el otro comprendiendo el encadenamiento lógico que lo lleva a opinar así.

Con demasiada frecuencia ponemos a la comprensión del otro como requisito previo para su aceptación (“Cuando la entienda, la amaré”), cuando en realidad para que el vínculo prospere debe ser al revés: (“Acepto como eres y te amo, aunque aún no te comprenda”). Esta posición más proactiva y positiva exige antes comprendernos a nosotros mismos y muchas veces allí radica la principal dificultad.

CUARTO NIVEL: LAS ESPERANZAS Y LOS SUEÑOS

Sólo develamos nuestros sueños y esperanzas a las personas en las que confiamos, porque hablan de las personas que somos. Nuestros sueños y proyectos más idealizados son un punto de vulnerabilidad: con ellos nos exponemos a la crítica, y a menudo evaluamos nuestra aceptación en tanto si el otro avala o no nuestro sueño. Conocer los sueños de la persona amada, comprender su trascendencia y ayudarla en la medida de nuestras posibilidades a cumplirlos, trae dinamismo a las relaciones que es energizante e inspirador. Por el contrario, la denostación del sueño propio por parte de la pareja mina la intimidad al crear una suerte de “agujero negro” en el que no se puede compartir la vivencia.

QUINTO NIVEL: LOS SENTIMIENTOS

Nuestros sentimientos, aún con más profundidad que las opiniones, revelan nuestras vulnerabilidades, exponen como reaccionamos emocionalmente ante el mundo, ante nuestra propia vida y sus circunstancias y otras personas. Aquí la pregunta a formularnos es si estamos dispuestos a mostrarnos vulnerables frente a nuestra pareja: “Si no se está dispuesto a bajar la guardia, quitarse la máscara, mostrarse vulnerable y contarle a la pareja cómo se siente en realidad, entonces no tendrá intimidad” (Kelly, M.;2005)

Cuando las personas que integran una pareja están plenamente dispuestas a darse a conocer mutuamente hasta el punto de compartir con el otro sus más elevados propósitos y sus más profundos sentimientos se liberan ambos del aislamiento.

A menudo escuchamos a personas que argumentan que no revelan sus sentimientos con su pareja porque están disgustados con ella y no quieren enojarse y llevar la situación al terreno de la agresión, pero estar enojados o disgustados no implica necesariamente expresar los sentimientos con enojo o agresión.

SEXTO NIVEL: DEFECTOS, TEMORES y FRACASOS

La conciencia de límite, la vivencia de “haber tocado fondo”, de no contar con respuestas para superar adecuadamente conflictos del pasado o del presente, lleva a pedir ayuda. Admitirlo – y hasta pedirlo – ante la pareja no siempre es tarea fácil. La llave para esto está en la aceptación y el convencimiento que el ser amado vela por nuestro bienestar y ni se aprovechará, ni se mofará, ni se desentenderá o disgustará con nuestro problema. Demanda de una parte la comprensión y la solidaridad y del otro, la confianza en que contará con ello. Esto no implica que la pareja erradique los temores, o subsane los defectos o corrija los fracasos, sino que con su actitud de caminar al lado nuestro nos permita sentirnos acompañados y respaldados. Parejas en las cuales los otros cinco niveles de la intimidad se hallan consolidados, pueden fracasar y llegar hasta la disolución del vínculo ante situaciones límite que dejan a uno de los dos en situación de indefensión. La clave aquí es “en las buenas y en las malas”.

SEPTIMO NIVEL: LAS NECESIDADES LEGÍTIMAS:

Quienes integran una pareja tienen individualmente necesidades físicas, emocionales, intelectuales y espirituales. Prosperamos en la medida que podemos ir satisfaciéndolas. Este nivel no consiste simplemente en comprender las necesidades del ser amado sino en ayudarse mutuamente a satisfacerlas.

Cuando las necesidades están insatisfechas crónicamente las personas se vuelven irritables y experimentan una profunda frustración. Una persona y una relación pueden soportar estas emociones (con una montante de estrés) sólo por un período limitado. Amar y ser amados, poder expresar libremente opiniones y sentimientos, ser tomados en cuenta, ser aceptados como se es; son necesidades emocionales legítimas de ambos integrantes de la pareja.

Esto no quiere decir que no podemos buscar satisfacer las necesidades propias, sino que no debiera ser a expensas que nuestra pareja resigne masivamente la satisfacción de las propias. La verdadera intimidad no se da cuando se comparten la totalidad de las necesidades legítimas porque teniendo en cuenta la unicidad de las personas esto es prácticamente imposible, sino cuando en armonía y comprensión se logra la coexistencia de los mecanismos necesarios para la satisfacción de las necesidades de ambos individuos y de la pareja como núcleo vincular.

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Comentarios

  1. JESSY

    ES MUY ILUSTRATIVO EL TEXTO, Y ME MOTIVA A CONTINUAR INDAGANDO SOBRE LAS APLICACIONES DE LA LOGOTERAPIA EN LA VIDA DE LAS PERSONAS, PORQUE ME INTERESA CONTINUAR MI CRECIMIENTO PERSONAL Y TAMBIEN EL CRECIMIENTO PERSONAL DE MIS ALUMNOS. MAGNÍFICO TEXTO, RECIBAN UN CORDIAL SALUDO DESDE LA CIUDAD DE XALAPA

  2. patricia villagrán

    Hola! el articulo me parece bueno para la formación de los profesionales del area humanista, en mi caso me sirve de mucho y gracias por compartirlo con nosotros. saludos de guatemala

  3. Maria de Lourdes, D;F.

    El ensayo es ilustrativo y claro. Muy bien tocados los conceptos y muy bien las referencia. Me hubiera encantado que escribiera la bibliografia. Me motivo a seguir leyendo sobre logoterapia. Felicidades.

  4. Ma. Teresa Piedra Jácome, México

    Me pareció excelente el artículo y me encantó como profesional y para mi vida personal, me muestra un enfoque de la relación de pareja en la que yo creo y amplia mi horizonte. Gracias

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