La educación y los problemas de adicción

Ataduras
¿Qué papel (no) desempeña la educación en los problemas de adicción?

Del libro “Libertad e identidad: Logoterapia y problemas de adicción” de Elisabeth Lukas
Transcripción: Elisa Vanek

En repetidas ocasiones se ha negado terminantemente que la causa principal de la adicción resida en la familia. De manera objetiva, la influencia del factor educativo en la vida adulta asciende a una tercera parte, siendo ésta una apreciación a la alta, porque el medio educativo no constituye todo el entorno de un individuo. La escuela, los amigos, los medios de comunicación y las corrientes sociales comparten con padres y familiares, en calidad de agentes educadores, esta tercera parte de influencia.

Los otros dos tercios de influencia en el desarrollo de un individuo los forman la herencia biológica y la aportación espiritual propia.

Tras casi un siglo de exagerada veneración del determinismo ambiental por parte de muchos científicos, la era de la investigación genética moderna redescubrió la extraordinaria importancia de la herencia. Actualmente nadie cuestiona la considerable dote genética de las cualidades y capacidades físicas y psíquicas que el individuo recibe en el momento de su concepción como <capital inicial>. Cada célula del cuerpo humano tiene grabado un completo programa de futuro que abarca desde los gustos individuales a la esperanza media de vida.

En cambio, el siglo XXI todavía no ha encontrado ninguna explicación a la enorme importancia de la aportación espiritual propia. Tal como demuestra una interminable casuística, las personas con un mismo origen o los gemelos con una misma herencia se desenvuelven de una manera completamente distinta en este mismo marco educativo y genético y, por consiguiente, se convierten en personalidades únicas e inconfundibles. La variopinta diversidad de desarrollos que, por ejemplo, experimentan hermanos procedentes de estratos supuestamente muy marcados nos reafirma en la esperanza de que el ser humano, en lo que respecta a su sustancia espiritual, es mucho más que el origen que la casualidad y el destino le han concedido. Uno de los pocos científicos que siempre ha tenido en cuenta esta aportación misteriosa del individuo en su propio devenir es Viktor E. Frankl. Su temprano texto Der unbedingte Mensch, publicado en 1949, ya estuvo dedicado a la cristalización de esta unión entre el espíritu y los factores sociobiológicos, tal como podemos leer en la primera página:

Extracto de la introducción.

Este libro intentará mostrar hasta qué punto el hombre puede existir como un ser incondicionado (a pesar de todos los condicionamientos). En estas páginas demostraremos hasta qué punto el ser humano siempre está por encima de condicionamiento fáctico o, por lo menos, puede estarlo. Para hacerlo, nos centraremos precisamente en aquellos hechos que parecen limitar sorprendentemente el campo de acción del espíritu humano, pero que también son capaces de mostrar, de manera no menos asombrosa, cómo el ser humano, a pesar de todo todavía tiene la facultad de levantar el vuelo en virtud de su libertad: nos referimos a esos hechos biológicos y psicológicos que se resisten a la intervención del médico y, no en menos medida, a la del neurólogo y el psiquiatra.

El condicionamiento fáctico y el incondicionamiento facultativo del ser humano van de la mano. El neuropsiquiatra es, por definición, un conocedor del condicionamiento psicofísico de la persona espiritual, pero también es, precisamente por ellos, testigo de su libertad: el conocedor de la impotencia es llamado aquí en calidad de testimonio de lo que nosotros denominamos el poder de obstinación del espíritu.

Estas excelentes palabras se pueden aplicar en la práctica a todos los psicoterapeutas y, especialmente, a todos los trabajadores de una clínica de desintoxicación. Todos ellos son, por un lado, <conocedores de la impotencia humana > y, por otro, <testigos del poder de obstinación del espíritu>, porque cada día se enfrentar con el <soy así porque…> de sus pacientes y, simultáneamente, con el >puedo cambiar, aunque…> de esos mismos pacientes.

Los diagramas de la parte superior de estas páginas ilustran gráficamente, tanto en la esfera individual como en la colectiva, esa tercera parte de la influencia del entorno de la que hablábamos. Se trata de un esquema sobre el consumo de drogas (que representaría los desarrollo negativos” y otro sobre la práctica musical (un desarrollo positivo) en la juventud.

Ambos diagramas indican que, debido a la influencia del medio, dos de cada seis grupos de personas (una tercera parte) son desviador de sus predisposiciones. Pero, al mismo tiempo, también muestran que la última palabra, la última decisión al respecto siempre la toma la propia persona. Jean-Paul Sartre dijo, acertadamente, que <la libertad consiste en cómo respondemos a lo que nos sucede>. Por tanto, el mito del todopoderoso factor educativo pierde toda validez, así como la excusa que esgrimen los adictos cuando echan la culpa de sus líos a los padres, los camellos o al Estado. Nadie es víctima exclusivamente de sus circunstancias (exceptuando a los niños y a los que padecen enfermedades cerebrales orgánicas). Todas configuramos activamente nuestras circunstancias, aunque, naturalmente, también podemos hacerlo para caer victimas de ellas.

El factor <educación>

Examinemos a continuación el <factor educativo>. ¿Qué frutos puede dar la educación frente al peso de la herencia y las aportaciones propias? La resignación estaría aquí fuera de todo lugar. Toda educación abre puertas, a la humanidad o a la falta de humanidad, en función de cómo sea. La educación no garantiza que los adolescentes atraviesen esas puertas en un futuro, aunque todo el mundo sabe que es mucho más difícil atravesar una puerta cerrada. Por consiguiente, si padres y profesores consiguen abrir de par en par las puertas de la humanidad, obsequiarán a sus sucesores con el maravilloso regalo de poder andar sin trabas hacia una vida agraciada. De ellos dependerá entonces tomar esa dirección, si así lo desean.

Una de las puertas más atractivas hacia la humanidad es la educación en el amor. Ya lo dice la buena literatura especializada: los niños necesitan amor. Pero no sólo eso, sino también capacidad para amar, porque sólo gracias a la fuerza del amor propio pasarán algún día de necesitar a ser necesitados, y este paso de un nivel a otro será lo que cortará definitivamente el cordón umbilical que los mantiene en la infancia. El carácter crucial de este cambio de niveles se ilustra en un proyecto modélico que se puso en marcha en la década de 1980 del siglo pasado y que, para sorpresa general, fracasó. Los pedagogos lo idearon para impedir el fanatismo y las agresiones en los campos de fútbol y otros actos deportivos y proteger así a los espectadores de las peligrosas intrusiones de grupos de gamberros. El proyecto consistía en proporcionar a los agresores alternativas para satisfacer sus necesidades, como, por ejemplo, peñas deportivas, centros de reunión para jóvenes, talleres artísticos y sótanos acondicionados donde poder desahogar las energías de manera <inofensiva>  en colchonetas y sacos de boxeo. Por desgracia, el resultado obtenido fue contrario a lo esperado. Las agresiones no se recondujeron, sino que se recrudecieron. Lo que se creía inofensivo degeneró en un dopaje de brutalidad y las peñas se convirtieron en infiernos de la droga.

¿Cuál fue el error de este planteamiento? Que no se fue más allá del nivel de necesidad. ¿qué necesitan los jóvenes para su desarrollo? Esto y aquello. Pues lo tendrán. ¿Y si no se desarrollan positivamente? Entonces, por lo visto, es que deben necesitar otras cosas y en mayor cantidad. Pues también las tendrán… Todo quedó en un mero suministro de lo que los jóvenes necesitaban y una ausencia de educación para ser necesitados. No se tuvo en cuenta la mayor y más humana necesidad de los jóvenes: el anhelo de ser ellos mismos útiles y valiosos para algo en algún momento y lugar.

Cuando, en su día, el famoso pedagogo Eduard Spranger habló de la diferencia conceptual básica que existe <entre dejarse llevar y sentirse responsables>  dijo sin dudar que no basta con transmitir a los adolescentes cuándo y dónde pueden dejarse llevar sin verse relativamente perjudicados, sino que también tienen que aprender a asumir responsabilidades y, en caso necesario, controlar desde su autonomía la presión acuciante de la frustración y los instintos. Responsabilidad es ante todo conceder al competidor la victoria merecida y esmerarse en no hacer que los inocentes paguen por todo aquello que nos fastidia. Pero para eso es necesario el amor en su sentido más amplio y bello: amor por el juego limpio, amor contradictorio por el adversario, amor fundamental por el inocente e, incluso, amor por uno mismo, por un Yo no mancillado por las infamias. Se necesita amor pero no el que se recibe, sino el que se reparte.

Una educación que se excede en la satisfacción de necesidades está implantando una actitud de exigencia en las mentes jóvenes que durará toda su vida. Exigir alegría al ganar o ausencia de frustración al perder es algo que no se ajusta a la realidad. En el marco de tales exigencias, cualquier pena se convierte rápidamente en un lloriqueo que aumenta aún más el pesar. En cambio, una educación que hace que el joven se sienta necesitado contribuirá al fortalecimiento ante los disgustos y a sacar lo mejor de cualquier preocupación.

¿Se ha eliminado de los planteamientos actuales el error del ejemplo anterior? Un caso extremo nos muestra que no. En agosto del año 2000 naufragó el submarino atómico ruso Kursk. Durante días, los equipos de rescate intentaron e vano salvar a la tripulación de morir asfixiada. Las fotografías que entonces se publicaron en la prensa mostraban la desesperación de unos familiares que agarraban a cualquier atisbo de esperanza. . En el Frankfurter Allgemeine Zeitung, como en otros periódicos, se pudo leer lo siguiente: <Mientras una mujer se desmaya, la doctora sigue inyectando tranquilizantes a los otros cuatrocientos familiares. El jefe de psiquiatría del hospital de Murmansk justifica el ataque con jeringuillas arguyendo que el uso de tranquilizantes es una práctica corriente en situaciones como ésta>.

¿Qué necesitan los familiares desesperados? ¿Indiferencia artificial? Pues la tendrán… ¿Se acaba aquí la desesperación? Quien lo crea se está engañado. Mucho más digno habría sido reunir a los familiares para sentirse necesitados y, en este nivel, confiarles la tarea solidaria de apoyarse y consolarse mutuamente. Y aún más útil habría sido reclutar entre ellos a un ejército de rebeldes para levantarse contra la guerra, las armas, los soldados y la violencia. Pero lo más humano habría sido llorar con ellos por la muerte de sus cónyuges, padres e hijos para que, en el duelo común de todo un pueblo, pervivieran en el recuerdo.

Estos ejemplos demuestran lo perniciosos que puede llegar a ser el potencial adictivo que estos errores del planteamiento albergan. El proyecto modélico del siglo pasado hizo aumentar el consumo de drogas en los clubes juveniles, mientas que el ataque con jeringuillas de Murmansk convirtió en yonquis a personas con un trauma psíquico. En ambos casos, la droga se proporcionó siguiendo el lema < ¿Qué necesito para aguantar esta vida? >. En cambio, la buena educación apunta desde un principio a una divisa totalmente opuesta: <Lo resistes todo porque la vida te necesita>.

Quien es consciente de ello es capaz de atravesar la puerta abierta de la humanidad sin necesidad de drogas, libremente y con paso decidido. Pase lo que pase.

 

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