Indigencia y Existencia

Por Ricardo Peter

 

Indigencia y existencia

Un enfoque desde la Antropología del límite.

 

Es obvio que el hombre, como todo lo que existe, está implantando en el límite, ya que el límite, como señala Aristóteles, es la cualidad esencial de cada ser, sin embargo, lo que ocurre con el hombre es que es el único ser viviente que no esta totalmente confinado dentro de su condición limitada. De hecho, la Antropología del límite concibe al hombre en una relación exclusiva con el límite. En efecto, como ya hemos apuntado en otra ocasión[1], en el mundo de los organismos vivos (el vegetal, el animal, el hombre) el límite se expresa a través de dos “cauces”: como necesidad, característica del mundo animal y vegetal, y como conciencia de la necesidad, nota profundamente distintiva del hombre, donde la necesidad como tal cede el paso a la “razón” de la necesidad.

De este modo, si por una parte el límite marca la convergencia entre todos los organismos vivos y el hombre, por otra, la relación de cada organismo vivo con el límite señala la radical diferencia entre ellos, que es lo que sucede con el hombre.

En lo tocante al animal, en efecto, éste revela que no puede sustraerse a la necesidad, se ve envuelto por ella como parte de su organización genética. La necesidad se padece como algo imperioso de lo cual es imposible sustraerse. Es como un ladrillo que no puede mudarse fuera del muro que lo contiene. Al fin, el animal se siente cómodo en los reducidos linderos de la necesidad.

En el caso del hombre, estamos apuntando a una relación diversa con el límite, a otro cauce o canal del límite que no es el de la necesidad, decíamos, sino el de la conciencia de la necesidad. El hombre, a diferencia del animal, es consciente de sus necesidades, es decir, tiene la facultad para relacionarse y conocer sus necesidades. Mientras el animal es actuado por el límite, el hombre interactúa con el límite, aprehende el límite como si se tratará de un objeto.

Resulta entonces que desde el punto de vista de la Antropología del límite, el encuentro o descubrimiento de su necesidad caracteriza la relación del hombre con el límite.

El animal, por supuesto, nunca encuentra su límite, está echado o tendido en él como en una plataforma indefinida y desconocida. El animal simplemente reside en el límite y dentro de este “territorio” tiene trazada toda su existencia: “El hombre, en cambio, convive con su propio límite, en el sentido más preciso del término, es decir, vive-en”[2], y esta convivencia habitual lleva al hombre al encuentro con su propio límite.

Sin embargo, la literal autorreferencia del hombre al límite no solo traza la autentica diferencia entre ambos mundos, como ya indicamos, sino que, además, es el eje de la balanza entre el mundo animal y el mundo del hombre. Efectivamente, el desplazamiento de la necesidad, en que vive el animal o zoológico, a la conciencia de la necesidad, que es exclusiva prerrogativa del hombre, nos advierte de la existencia de un orden superior desconectado del anterior y que la Antropología del límite reconoce como el orden de la indigencia.

El hombre vive en el orden de la indigencia que no es el orden de la necesidad. Importa destacar entonces que el paso de la necesidad a la indigencia o de la necesidad a la conciencia de la necesidad, es el movimiento de lo zoológico a lo antropológico.

La indigencia en cuestión no alude a la falta de medios para vivir, a una existencia mermada de bienes materiales, como es la del pobre o menesteroso, eterno cliente del asistencialismo estatal o privado. En nuestro caso la indigencia es una metáfora de una depresión más profunda, que no es puramente económica, sino ontológica, pues se refiere al hecho mismo de estar restringido, carente, escaso, en la dimensión del ser.

Decir que el hombre a causa de su indigencia es un ser deprimido no significa, pues, referirnos a un trastorno psiquiátrico, a una alteración del estado de ánimo, muy de moda en nuestros días, sino remitirnos a algo que afecta el ser mismo del hombre. En su esencia misma, el hombre es indigente de ser.

De lo que el hombre es indigente, de lo que realmente tiene poco como un auténtico menesteroso, es ser. La indigencia es penuria de ser, pero, debido a que, además, por la calidad de su ser finito, ese poco, el hombre lo advierte, en definitiva, en continuo desgaste o menoscabo, la indigencia resulta, de primera instancia, lo más cercano a un puro querer ser.

El hombre es un indigente cuya existencia lo conduce hacia la indigencia total. A su modo, pues, todo hombre es cliente de la vida. Todos sus esfuerzos (la obsesión por el poder, el prestigio, la búsqueda de seguridad, de amor, de sexo, de juventud, su afán por ser alguien, la presunción, la persuasión, la idea de control, la dominación, etc.), están encaminados a ser más. Lo que pretende la indigencia es conservar el ser y acrecentarlo. Esfuerzos que al final, irónicamente, dan por resultado la bancarrota, pues ese querer ser no es siempre ser más, sino constatar que ser resulta ser siempre algo menos, pues, al fin y al cabo, el límite, a través de todas sus expresiones, se revela fatal para la vida (enfermedades, envejecimiento, achaques, muerte).

La indigencia pues cambia el asunto dentro de los organismos vivos e impone la pauta de lo antropológico como, a su vez, la mera necesidad, la no-conciencia de la necesidad, propia del animal, conecta con un orden de organismos más elementales. A este propósito, “el paso que hay de la ameba a Einstein”, en expresión de Karl Popper, es el paso del orden de la necesidad al orden de la indigencia, y que, dicho en otras palabras, es, igualmente, el paso de la ausencia de la conciencia de sí a la conciencia de sí mismo.

Así, sólo a partir de la bifurcación del límite en necesidad e indigencia, se vuelve posible la discriminación entre el animal y el hombre.

El encuentro con la necesidad, que caracteriza al hombre, pone en marcha un proceso dialéctico donde es difícil tratar de averiguar quien fue primero, el huevo o la gallina. Sin embargo, saltando o esquivando ese asunto de precedencias, de cierto, con la conciencia de la necesidad, a partir de la indigencia, parece posible la aparición de la conciencia de sí.

De hecho, la indigencia, que para la Antropología del límite es un concepto clave para descifrar la existencia del hombre, recibe, en la actualidad, un soporte científico en los enfoques neurobiológicos. Podemos aducir, en efecto, que la conciencia de sí mismo en su origen es “ciencia”, conocimiento, de la propia necesidad y se desarrolla a partir de la constante percepción biológica del propio cuerpo, primer escalón de la indigencia, que a todas luces es necesitado de muchas cosas.

La conciencia de la necesidad o indigencia no deriva entonces de una abstracción, del pensamiento, de la reflexión, sino de la percepción o sensación de las propias necesidades; del hecho de ser tocado, en la sensibilidad de mi ser finito, por muchas cosas de las que no puedo prescindir. La autoconciencia que implica la indigencia, en su raíz y de alguna forma, es siempre conciencia de la finitud, de la propia realidad física limitada. Así, pues, el primer peldaño del concepto de “sí mismo” surge de la indigencia.

Primitivamente, la autoconciencia es lo sentido, un proceso interior puramente “sensorio”, como sostiene Piaget con respecto a la manera de pensar del niño, pero en este caso referido a la necesidad. De hecho, se viene al mundo entre dolores de parto, entre contracciones y empujones del vientre materno, palmadas en las nalgas y la desagradable sensación de la primera respiración, de los primeros rayos de luz que chocan contra los ojos, de todo el dolor, la incomodidad, el hambre, la sed, la desprotección y la aflicción o malestar que causa la primera separación física y que forman el primer registro de necesidades del recién nacido.

Lo sentido es del orden de la indigencia y no de la mera necesidad. Aunque en su comienzo la indigencia no es todavía el autoconcepto, es, sin embargo, el primer avance hacia la con-ciencia de la necesidad, y de este modo, el primer impulso hacia la conciencia de sí mismo.

El animal, igual que el hombre, nace también entre dificultades y es necesitado como el hombre de comida, de bebida y de abrigo, pero a diferencia del hombre, el animal se queda muy corto en la lista de lo que siente que necesita, de lo que tiene resonancia en su mundo interior. Otras necesidades, como la de querer actuar, entender, amar, vivirse, comprenderse y ser aceptado, quedan para siempre fuera del índice de necesidades del animal, señal indeleble de su extrañamiento del mundo del hombre.

La puerta hacia la conciencia de sí, surge, pues, evolutivamente a partir de la indigencia, que es la conciencia de la necesidad de la propia condición física, y el origen de la primitiva capacidad para sentir el límite en toda su amplitud en carne propia.

La indigencia se manifiesta en el hombre paradójicamente. Al mismo tiempo que es el origen de su conciencia, es el trasfondo de su tragedia, porque en todo acto y en todo momento la indigencia es también conciencia de la finitud, fuente no sólo de todas las necesidades, sino de la permanente intranquilidad y desasosiego que se produce en el alma.

Pero de este modo, la indigencia no es sólo el principio de la autoconciencia, es también, de manera consecuente, el aluvión de todas las sensaciones, movimientos y experiencias del ser humano. La indigencia es la fuente del ahínco o conatus humano. Todos los productos o manifestaciones del hombre son signos de la indigencia.

En el hombre todo nos sugiere la influencia de la indigencia. O dicho de otra forma, en el hombre todo parece causado o motivado por el torbellino de la indigencia. El entero quehacer del hombre está arraigado en la indigencia. Hablando en términos generales, todo lo que el hombre busca, pretende y hace se inscribe en el contexto de su propia impotencia, que es la expresión desnuda de la indigencia.

Describir la indigencia en términos de vórtice no es una metáfora literaria. No se trata de un recurso poético. La indigencia tiene en la vida del hombre un efecto de ciclón: revela la trascendencia del hombre con respecto a la propia inmanencia de la necesidad. La indigencia catapulta al hombre fuera de sí mismo, es el fundamento de la abertura al mundo externo. Es la indigencia la que obliga al hombre a salir de sí y a crear su propia vida. ¿De que manera sale disparado hacia el mundo externo?

La Antropología del límite considera la indigencia como la fuente de donde brota el deseo, la matriz, por así decir, generadora de la comunicación, de la creatividad, del quehacer histórico y de la religación al Otro, funciones que ya hemos desarrollado[3]. Pero hay algo más que quisiéramos considerar a continuación.

Para el hombre, la indigencia no sólo significa ir más allá de sí mismo a través del movimiento del deseo, de la creatividad, de la comunicación, del quehacer histórico y de la religión. La indigencia vuelve al hombre un ser indeterminado e indeterminable. ¿Qué queremos decir con esto? El no estar “cerrado” por ninguna parte hace que el hombre sea capaz de autodeterminarse.

La indigencia, a diferencia de la simple y pura necesidad, que es un sistema cercado por automatismos y determinismos, permite al hombre distanciarse y superar los propios condicionamientos. Aun cuando es cierto que la indigencia parte de lo biológico no se agota en lo biológico, sino que lo trasciende para manifestar lo específicamente antropológico. Pero, ¿qué puede ser en el hombre más específicamente antropológico que secundar ese impulso de la indigencia hacia un querer ser, hacia una construcción de su ser? A este propósito, cabría decir que el hombre es el único animal que termina su propia creación. ¿De qué manera se hace efectiva esta construcción?

Definiendo la indigencia como conciencia de la necesidad quisimos apuntar a la indigencia como una forma deliberada no sólo de conocer, sino de significar y también de orientar la necesidad. Es así, precisamente, significando y orientando, como el hombre construye la última etapa de la creación: su humanidad.

Con la indigencia se vislumbra la posibilidad de significar la necesidad. Un conjunto de impulsos amorfos, apetitos e instintos quedan redefinidos y encaminados hacia lo humano, que es lo propio del hombre. De hecho, el hombre es consciente de que vivir es tener necesidades y que estas necesidades tienen que ver, además y especialmente, con el sentido del límite. Pareciera entonces que, por una parte, el encuentro del hombre con el límite, descubierto no sólo dentro de sí mismo, sino en los otros y en el entorno que lo rodea, termina planteando la cuestión, en términos más amplios, del sentido del límite, y que, por otra, este mismo asunto, por ser relevante, desplaza cualquier otro pendiente para ocupar la parte esencial de toda la cuestión antropológica.

Con relación a la cuestión antropológica, Víctor Frankl tuvo el coraje de plantear como psiquiatra que el verdadero problema de la psicoterapia no se detecta a nivel psicológico, sino antropológico y que el meollo de la cuestión antropológica reside en el sentido de la vida.[4] La Antropología del límite comparte la misma visión terapéutica de la Logoterapia pero la ensancha afirmando que el sentido de la vida es sólo una “parcela”, una porción de la gran problemática del sentido del límite y que éste se bifurca en dos sentidos. Es decir, dentro del contexto del sentido hay todavía un nivel de significación anterior y más profundo que el sentido de la vida, que Frankl posiblemente no distinguió o no formuló claramente y que tiene que ver con el sentido del ser para el cual, como veremos, la Antropología del límite reserva otra calificación e importancia.

Se pudiera criticar el empleo de la palabra sentido y preguntar: ¿no resulta excesivo hablar de dos sentidos, del sentido de la vida y del sentido del ser? ¿Asistimos acaso al milagro de la multiplicación de los sentidos? Y, en último caso: ¿se puede establecer alguna diferencia entre ambos sentidos?

Advirtamos que pudiera tratarse de un solo sentido, en cuanto ambos van de la mano y ambos tutelan y protegen la indigencia del hombre, pero, en realidad, hablar de dos sentidos no es trivial. No se trata entonces de una cuestión lingüística, sino de algo enteramente pertinente a la compleja realidad del hombre.

Al topar con el límite, al descubrirse indigente, el hombre experimenta profundos sentimientos de contradicción global respecto de sí mismo, de su peculiar realidad como ser que tiene fin en el tiempo. De este modo, se introduce de manera inevitable la duda sobre su propio valor como ser. Ser indigente es saberse inestable, contingente y efímero. El hombre no puede ignorar que está socavado en sus mismos cimientos, que su ser está oscilante, en falso, en los fundamentos que lo sostienen. El fin de sus días está inevitablemente abrigado en la entrañas de su ser y, su existencia, por ende, está también comprometida, poco firme. La existencia se tambalea porque en sí es el ser mismo del hombre lo que está siempre a punto de caerse a causa de su propia insuficiencia.

En tal caso, descubrirse limitado plantea un cuestionamiento que afecta no sólo al sentido la existencia (al cual se refiere la Logoterapia), sino al sentido del ser mismo. Ante la tremenda fragilidad de su ser, el hombre vacila y se interroga sobre el sentido de su condición limitada, de su propia finitud.

Con razón, la Antropología del límite define el sentido del ser como un sentido radical, porque pertenece a la raíz, al ser, y por mismo preferente, porque aventaja el sentido de la vida, que a todas luces es transitorio, vinculado a un hecho, una situación o a una vivencia y por tanto, menos predominante.

El sentido del ser es prevaleciente sobre el sentido de la vida. Es un hecho que hay situaciones o vivencias donde la noche es tan oscura y el absurdo es tan denso que el hombre no puede alcanzar sentido alguno, ni siquiera virar la veleta de la actitud hacia el valor o significado apropiado. El mismo Frankl pudo comprobarlo en la vida de tantos compañeros prisioneros que sucumbieron ante la neblina espesa de la desesperación. La experiencia de Frankl en el campo de concentración testimonia la validez de su sistema y, a su vez, la debilidad del mismo.

De esta manera, la logoterapia tropieza con la demanda de un sentido indisolublemente metido en el ser, previo a la necesidad del sentido de la vida.

Aludiendo a la existencia de otro tipo de significación, al sentido del ser, la Antropología del límite no pretende cultivar un gratuito exceso de significación, sino dejar al descubierto la primera y la más grave perturbación que experimenta el hombre al saberse indigente.

Ahora bien, prosiguiendo el desarrollo de nuestras reflexiones, ¿de qué manera se puede significar la necesidad, hallar o averiguar su sentido? ¿De que manera, en consecuencia, el hombre puede tomar la decisión de construirse, o sea, de ultimar su propia creación, de devenir humano?

Esta es la verdadera reliquia del hombre: devenir humano. En realidad, a la pregunta de interés filosófico: ¿qué hay más allá del horizonte de la animalidad y de la hominidad? La sola respuesta es: la capacidad de devenir humano. Falta ahora especificar cómo inicia y, a su vez, qué puede obstaculizar este proceso.

El hombre queda encallado y pierde el sentido de su ser cuando ante el hecho de la indigencia se plantea la perfección como intento de salida o solución. Para aclarar la afirmación anterior volvamos un paso atrás: si la animalización, como dijimos, es el mundo de la necesidad y la hominización es el orden de la indigencia o conciencia de la necesidad, la humanización o construcción antropológica consistirá en el movimiento del hombre hacia su propia indigencia.

Si la hominización se alcanzó con la conciencia de la necesidad, la humanización se lleva a efecto en la aceptación de la indigencia. Así se lleva a cabo la construcción antropológica del hombre. En la actitud y acción de indulgencia ante la propia indigencia.

La única manera de “justificar la vida”, según una expresión de Simone de Beauvoir, es aceptándola desde su misma raíz: en la indigencia. Sólo en la aceptación de la indigencia se cumple el sentido del ser. Pero, revalorizando el ser tal cual es, insuficiente, acotado por el límite, se re-significa también la existencia.

Pretender superar la indigencia a través de la búsqueda de la perfección es sólo dar golpes a la indigencia, a la fragilidad del hombre y, por tanto, deteriorar el sentido de la vida. La perfección, en efecto, es una cosmovisión que no esta de acuerdo con la naturaleza misma del hombre.

La pretensión de la perfección puede responder al descubrimiento de una conciencia que se sabe destinada a morir. Posiblemente, a causa de la indigencia, la búsqueda de la perfección sea una tendencia no sólo cultural, son inherente a la frágil condición del hombre. ¿Que sea el “remedio” de la razón al contemplar la indigencia. Concretamente, ¿una forma como la razón interactúa con el límite?

El límite desafía a la razón, la pone en una dramática encrucijada. Es como si la razón, que no ama ponerse límites, se perciba a sí misma restringida por el límite y se motive a superarlo o a intentar “arreglarlo” ontológicamente.

No en vano, el perfeccionista, en sede psiquiátrica, parece gobernado enteramente por la lógica, por el análisis y por el juicio. El perfeccionista se pasa espiando todo el día para no cometer errores. Debido a que ha desarrollado una baja tolerancia al límite (error, falla, equivocación, fracaso), el perfeccionista tiene un insuficiente sentido del propio ser.

El perfeccionismo, como trastorno global de la persona, es la manera como la razón sacia su necesidad de estructurar y de simplificar la realidad permanentemente cambiante, caótica, imprevisible, naturalmente desordenada, y de ponerla en jaque-mate.

Encorralado entonces por su indigencia, el hombre se anima a escalar la perfección para alejarse lo más posible de la quebradiza planta baja de su ser. De aquí que, a causa de la perfección, el hombre viva odiándose y practicando o al menos, al borde del autorechazo. El hombre precisamente por percibirse limitado, está profundamente enamorado de la perfección, de ser como Dios, y sólo las adversidades y los verdaderos desastres de la vida pueden ocasionarle el beneficio de la desilusión de su amada.

Concluyendo: la humanidad del hombre se forja reconociendo y aceptando la propia indigencia. La indigencia es la riqueza del hombre: la vida no puede volver más pobre a quien lo único que posee de seguro, no postizo ni artificial, es su propia indigencia.

Tomando la decisión de aceptarse a pesar de todo, el hombre se orienta y alcanza el sentido de su ser, lo revaloriza. Abrazando su indigencia, el hombre no sólo se orienta, sino que pone las bases para hallar el sentido de su vida.

 

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[1] Ver Ricardo Peter, Honra tu límite, p. 31-38, BUAP, México, 1998.

[2] Honra tu límite, op. ci. p., 26.

[3] Ver Honra tu límite, op. ci., p.59-72.

[4]Ver a este propósito mi libro Víctor Frankl, la antropología como terapia, Grupo editorial San Pablo, Buenos Aires, 1998 y además, mi artículo: Neurosis de Orientación y de Sentido en la psicopatología actual, en Memorias, Primer Congreso Mexicano de Logoterapia, ediciones Lag, México, 2000.

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