Directorio-Logoforo

El Sentido del Humor y el Perfeccionismo

13/06/2007

Por Dr. Ricardo Peter

 

Valores incuestionables de la psicología humanista.

A la influencia de la psicología humanista no solo hay que reconocerle el mérito de haber centralizado y resaltado, en el ámbito de la teoría psicológica y de la práctica clínica contemporánea, la unicidad y el valor de la persona como núcleo central y sede de interacción de los procesos mentales sino, además, el haber recuperado por este medio las cualidades esenciales de la persona. Por “cualidades esenciales” de la persona nos referimos a la capacidad del hombre para alcanzar un conocimiento de la realidad de adentro y de afuera, de autotrascenderse y de autodeterminarse de cara a esa realidad; de encontrarla y asumirla libre y responsablemente.

Pero también habría que decir, a favor de la psicología humanista, que en la imagen que esboza del hombre, ha ofrecido un puesto importante a la cualidad del humor que, como propiedad de lo espiritual, puede acreditarse como rasgo distintivo de la singularidad de lo humano.

La psicología humanista ha generado un proceso que pudiéramos llamar de “deseriezización” de la psicología. Ha despomposizado o desolemnizado el furor científico, propio de una psicología positivista que marginando la dimensión espiritual, se movía en el estrecho campo de los reflejos condicionados y de la relación estímulo-respuesta. Lo cual no quiere decir que la psicología humanista ha restado carácter científico a su teorización psicológica, sino que ha añadido la frescura de que carecía la psicológica al resaltar su interés por el humor no solo como recurso y estrategia psicoterapéutica, sino como una forma de percibir, de referirse y de “tratar” la vida. La atención, pues, a la importancia del humor es una contribución característica de la psicología humanista.

Indigencia y humorismo.

Para la denominada tercera fuerza en psicología, el humor no sólo facilita una cierta distancia de nosotros mismos y, por ende, favorece la salud mental, como sostienen, entre otras escuelas pertenecientes a esta tendencia, el enfoque logoterapéutico de Frankl y la psicoterapia centrada en el cliente de Carl Rogers. El humor nos refiere que estamos plenamente vivos y es la expresión más palpable y directa de la salud emocional del individuo.

Sin embargo, recientes desarrollos en el terreno de la psicología humanista existencial cruzan los confines anteriores y apuntan al humor como a una forma, ante todo, de conocimiento y de ubicación del sujeto ante su propia indigencia.

Según estas últimas aportaciones, el humor expresa que nos damos cuenta de nuestra impotencia, de nuestra condición limitada que experimentamos momento a momento, aun de manera irrefleja, y que la asumimos como mejor podemos, sin engañarnos ni avergonzándonos de ella, sino riéndonos cuando prácticamente no podemos hacer nada y tal vez, en última instancia, sea el único remedio infalible de que disponemos para hacerle frente.

Claro está, la indigencia y el humor al que nos referimos solicitan una aclaración. Examinemos cada uno de estos términos.

El sentido de la indigencia.

Para desenredar primeramente el sentido de indigencia debemos abandonar el terreno socio-económico, donde es frecuente el recurso a este concepto, y alcanzar el antropológico. En este espacio ideológico, el ser del hombre aparece implantado en el límite. Confinado como todo ser viviente dentro de su condición limitada o finita. Pero no totalmente encerrado en ella. El hombre, en efecto, mantiene una relación exclusiva con su límite. Si por una parte, el límite marca el parentesco y la convergencia entre todos los organismos vivos y el hombre, por otra, la relación del hombre con su límite señala la radical diferencia entre los primeros y el segundo.

La necesidad, característica del mundo animal cede el paso a la conciencia de la necesidad, característica de lo antropológico. Así, sólo a partir de la bifurcación del límite en necesidad e indigencia, se vuelve posible la discriminación entre el animal y el hombre.

En el caso del hombre, la necesidad que es la expresión del límite en el mundo animal se muda en “conciencia”, “ciencia” o “razón” de la necesidad que es la nota profundamente distintiva del hombre.

El hombre, a diferencia del animal es consciente (y no puede dejar de serlo), es decir, tiene la facultad para encontrar, relacionarse y conocer sus necesidades. Mientras el animal es actuado por el límite, el hombre interactúa con el limite, aprehende el límite como si se tratara de un objeto.

Sin embargo, la literal autoreferencia del hombre al límite no solo traza la autentica diferencia entre ambos mundos, como ya indicamos, sino que, además, es el eje de la balanza entre el mundo animal y el mundo del hombre. Efectivamente, el desplazamiento de la necesidad, en que vive el animal a la conciencia de la necesidad, que es exclusiva prerrogativa del hombre, nos advierte de la existencia de un orden superior desconectado del anterior y que la Antropología del límite reconoce como el orden de la indigencia*.

La indigencia en cuestión no alude pues a la falta de medios para vivir, a una existencia mermada de bienes materiales, como es la del pobre o menesteroso, eterno cliente del asistencialismo estatal o privado. En nuestro caso la indigencia es una metáfora de una depresión más profunda, que no es puramente económica, sino ontológica o antropológica si queremos, pues se refiere al hecho mismo de estar restringido, carente, escaso, en la dimensión del ser.

Decir que el hombre a causa de su indigencia es un ser deprimido no significa referirnos a un trastorno psiquiátrico, a una alteración del estado de ánimo, muy frecuente en nuestros días, sino remitirnos a algo que afecta el ser mismo del hombre. En su esencia misma, el hombre es indigente de ser.

De lo que el hombre es indigente, de lo que realmente tiene poco como un auténtico menesteroso, es ser. La indigencia es penuria de ser, pero, debido a que, además, por la calidad de su ser finito, ese poco, el hombre lo advierte, en definitiva, en continuo desgaste o menoscabo, la indigencia resulta, de primera instancia, lo más cercano a un puro querer ser.

El hombre es un indigente cuya existencia lo conduce hacia la indigencia total. A su modo, pues, todo hombre es cliente de la vida. Todos sus esfuerzos (la obsesión por el poder, el prestigio, la búsqueda de seguridad, de amor, de sexo, de juventud, su afán por ser alguien, la presunción, el recurso a la persuasión, la simulación, la necesidad de control, la dominación, etc.), están encaminados a ser más.

Lo que pretende el conato que arranca de la indigencia es conservar el ser y acrecentarlo. Esfuerzos que al final, irónicamente, dan por resultado la bancarrota, pues ese querer ser no es siempre ser más, sino constatar que ser resulta ser siempre algo menos, ya que, al fin y al cabo, el límite, a través de todas sus expresiones, se revela fatal para el ser (enfermedades, envejecimiento, achaques, muerte).

La indigencia cambia el asunto dentro de los organismos vivos e impone la pauta de lo antropológico como, a su vez, la mera necesidad, la no-conciencia de la necesidad propia del animal, conecta con un orden de organismos más elementales. A este propósito, “el paso que hay de la ameba a Einstein”, en expresión de Karl Popper, es el paso del orden de la necesidad al orden de la indigencia, y que, dicho en otras palabras, es, igualmente, el paso de la ausencia de la conciencia de sí a la conciencia de sí mismo.

La conciencia de la necesidad o indigencia no deriva entonces de una abstracción, del pensamiento, de la reflexión, sino de la percepción o sensación de las propias necesidades; del hecho de ser tocado, en la sensibilidad de mi ser finito, no sólo por muchas necesidades imperiosas de las que no puedo prescindir, sino por necesidades vitales y trascendentes, como la de querer actuar, entender, amar, vivir, comprender y ser aceptado, que quedan para siempre fuera del índice de necesidades del animal como señal indeleble de su extrañamiento del mundo del hombre.

La puerta hacia la conciencia de sí, surge, pues, evolutivamente a partir de la indigencia, que es la conciencia de la necesidad de la propia condición física, y el origen de la primitiva capacidad para sentir el límite en toda su amplitud en carne propia.

La autoconciencia que implica la indigencia, en su raíz y de alguna forma, es siempre conciencia de la finitud, de la propia realidad contingente, inacabada e inacabable, inconclusa e impermanente.

Lo sentido y por consiguiente la problemática del sentido es del orden de la indigencia y no de la mera necesidad. Aunque en su comienzo la indigencia no es todavía el autoconcepto, es, sin embargo, el primer avance hacia la con-ciencia de la necesidad, y de este modo, el primer impulso hacia la conciencia de sí mismo, que, en primerísimo orden, es conciencia de ser necesitado, avasallado por el límite.

La indigencia se manifiesta en el hombre paradójicamente. Al mismo tiempo que es el origen de su conciencia, es el trasfondo de su tragedia, porque en todo acto y en todo momento la indigencia es también conciencia de la finitud, conciencia no sólo de todas las necesidades, sino de la permanente intranquilidad y desasosiego que se produce en el alma.

La indigencia, a diferencia de la simple y pura necesidad, que es un sistema cercado por automatismos y determinismos, permite al hombre distanciarse y superar los propios condicionamientos. Aun cuando es cierto que la indigencia parte de lo biológico no se agota en lo biológico, sino que lo trasciende para manifestar lo específicamente antropológico. Pero, ¿qué puede ser en el hombre más específicamente antropológico que secundar ese impulso de la indigencia hacia un querer ser, hacia una construcción de su ser? A este propósito, cabría decir que el hombre es el único animal que termina su propia creación. ¿De qué manera se hace efectiva esta construcción?

Definiendo la indigencia como conciencia de la necesidad quisimos apuntar a la indigencia como una forma deliberada no sólo de conocer, sino de significar y también de orientar la necesidad. Es así, precisamente, significando y orientando, como el hombre construye la última etapa de la creación: su humanidad.

Con la indigencia se vislumbra la posibilidad de significar la necesidad. Un conjunto de impulsos amorfos, apetitos e instintos quedan redefinidos y encaminados hacia lo humano, que es lo propio del hombre.

De hecho, el hombre es consciente de que vivir es tener necesidades y que estas necesidades tienen que ver, además y especialmente, con el sentido del límite. Pareciera entonces que, por una parte, el encuentro del hombre con el límite, descubierto no sólo dentro de sí mismo, sino en los otros y en el entorno que lo rodea, termina planteando la cuestión, en términos más amplios, del sentido del límite, y que, por otra, este mismo asunto, por ser relevante, desplaza cualquier otro pendiente para ocupar la parte esencial de toda la cuestión antropológica.

Al topar con el límite, al descubrirse indigente, el hombre experimenta profundos sentimientos de contradicción global respecto de sí mismo, de su peculiar realidad como ser que tiene fin en el tiempo. De este modo, se introduce de manera inevitable la duda sobre su propio valor como ser. Ser indigente es saberse inestable, precario y efímero. El hombre no puede ignorar que está socavado en sus mismos cimientos, que su ser está oscilante, en falso, en los fundamentos que lo sostienen. El fin de sus días está inevitablemente abrigado en la entrañas de su ser y, su existencia, por lo mismo, está también comprometida, poco firme. La existencia se tambalea porque en sí es el ser mismo del hombre lo que está siempre a punto de caerse a causa de su propia insuficiencia.

En tal caso, descubrirse limitado plantea un cuestionamiento que afecta no sólo al sentido de la existencia, al cual se refiere específicamente la Logoterapia, sino al sentido del ser mismo. Ante la tremenda fragilidad de su ser, el hombre vacila y se interroga sobre el sentido – no sólo de su existencia- sino de su condición limitada, de su propia finitud.

Ahora bien, prosiguiendo el desarrollo de nuestras reflexiones, ¿de qué manera se puede significar la necesidad de la cual el hombre es consciente, de qué manera se puede hallar o averiguar su sentido? ¿De que manera, en consecuencia, el hombre puede tomar la decisión de construirse, o sea, de ultimar su propia creación, de volverse humano?

El hombre queda encallado y pierde el sentido de su ser cuando ante el hecho de la indigencia se plantea la perfección como intento de salida o solución.

Pretender superar la indigencia a través de la búsqueda de la perfección es sólo dar golpes a la indigencia, a la fragilidad del hombre y, por tanto, deteriorar el sentido de la vida. La perfección, en efecto, es una cosmovisión que no esta de acuerdo con la naturaleza inconsistente y quebradiza del hombre.

Probablemente la pretensión de la perfección puede responder al descubrimiento de una conciencia que se sabe destinada a morir. Y posiblemente, a causa de la indigencia, la búsqueda de la perfección sea una tendencia no sólo cultural, sino inherente a la frágil condición del hombre. ¿Que sea el “remedio” de la razón al contemplar horripilada el foso de la propia indigencia? Concretamente, la perfección es la forma como la razón interactúa con el límite.

El límite desafía a la razón, la pone en una dramática encrucijada. Es como si la razón, que no ama ponerse límites, se perciba a sí misma restringida por el límite y se motive a superarlo o a intentar “arreglarlo” ontológicamente.

No en vano, el perfeccionista, en sede psiquiátrica, parece gobernado enteramente por la lógica, por el análisis y por el juicio. El perfeccionista se pasa espiando todo el día para no cometer errores. Debido a que ha desarrollado una baja tolerancia al límite (error, falla, equivocación, fracaso), el perfeccionista tiene un deficiente sentido del propio ser.

El perfeccionismo, como trastorno global de la persona, es la manera como la razón sacia su necesidad de estructurar y de simplificar la realidad permanentemente cambiante, caótica, imprevisible, naturalmente desordenada, y de ponerla en jaque-mate hasta lograr su control.

Encorralado entonces por su indigencia, el hombre se anima a escalar la perfección para alejarse lo más posible de la quebradiza planta baja de su ser. De aquí que, a causa de la perfección, el hombre viva a disgusto con su propia falibilidad e incida en el autorechazo.

Precisamente por percibirse limitado, el hombre está profundamente enamorado de la perfección, de “ser como Dios”, para decirla en términos bíblicos y sólo las adversidades y los verdaderos desastres de la vida pueden ocasionarle el beneficio de la desilusión de su “amada”.

Si la hominización se alcanzó con la conciencia de la necesidad, la humanización se lleva a efecto en la aceptación de la indigencia. Así se realiza la construcción antropológica del hombre. En la actitud y acción de indulgencia o compasión ante la propia indigencia.

La única manera de “justificar la vida”, según una expresión de Simone de Beauvoir, es aceptándola desde su misma raíz: en la indigencia. Sólo en la aceptación de la indigencia se cumple el sentido del ser. Pero, revalorizando el ser tal cual es, insuficiente, acotado por el límite, se resignifica también la existencia.

El sentido de humor: el humor como fuente de sentido.

En lo tocante al humor, se hace también necesario disipar un malentendido. El humor al que nos referimos no es propiamente el que resulta a consecuencia de un buen chiste, que seguramente está cargado de sentido de humor. También el chiste tiene sus beneficios psicológicos sobre la salud del individuo. El chiste nos ayuda a pasarla bien. Podemos usar la herramienta del chiste para soltar una carcajada o sonreír. Este puede ser, por ejemplo, el efecto del siguiente chiste: dos amigos se encuentran:

- Oye, ¿tú te acostaste con tu mujer antes de casarte?

- Yo no, para nada, ¿y tú?

- ¡Hombre! ¿Yo que iba a saber que te ibas a casar con ella?

Una vez introducido en el sistema mental, es decir, “captado” el sentido del chiste, pareciera que todo el organismo percibe, a través de un disparate, un breve estado de armonía.

La euforia provocada por el chiste produce una experiencia intensa de bienestar, un estado de ánimo momentáneamente satisfactorio, placentero. Incluso, en este preciso momento, el sistema mental del lector de este ensayo entra en disposición a un nuevo chiste, como si dijéramos, se le abre el apetito.

El chiste es diferente de la ironía. En ambos hay paradoja, pero en el primero domina el doble sentido o la alusión a un sentido oculto, casi siempre relacionado con el sexo, mientras en la ironía lo paradójico es avasallante. Si digo: “Todo asunto tiene dos puntos de vista: el equivocado y el mío”, supero en fineza al chiste no solo con el grado de paradoja sino, además, con las dosis de cinismo, mordacidad, agudeza y picardía que igualmente, además de hacer reír, puede hacer reflexionar sobre uno mismo o sobre la vida en general.

Efectivamente, la ironía sobrepasa en paradoja al chiste. Un par de ejemplos de ironías no vienen mal: “Si no te equivocas de vez en cuando, es que no lo intentas” (Woody Allen) y: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros” (Gruocho Marx).

Pero aun cuando la ironía hace reír (“Pueden elegir el color que deseen, caballeros, a condición de que sea negro”) no provoca, sin embargo, esa especie de descalabro o quebranto de la seriedad que es propia del chiste.

La ironía es un reír sin ruido, lo que equivale a sonreír, el chiste, por el contrario, nos hace quitarnos las mascaras. La función del chiste es quitar importancia. Desacralizar. Despojar de lo barroco a lo que se presenta como exagerado o desmesurado. Aminorar la reacción extravagante, excesivamente racional o lógica, ante ciertas situaciones, hechos o personas cuyo resultado es un grado de nocividad o daño para el sujeto mismo.

Pero el chiste va más allá: a través del chiste se derriban tabúes, pues el chiste arremete contra lo que no se debe nombrar socialmente, saca a lucir lo prohibido. De hecho, es inevitable que cuando se empieza a contar chistes, de los blancos o “chistes de salón” se transite irrevocablemente hacia los “chistes verdes” o pelados (muy verdes).

El chiste vulgar es un acto de sana rebelión contra la coacción que ejerce el mundo social sobre el orgasmo, la nutrición (concretamente, la micción y la defecación) y los órganos sexuales. De aquí que ante la mojigatería social, la genitalidad obtenga su carta de inmigración por medio del chiste.

En el plano social o relacional, los beneficios de la jocosidad, producto del chiste, de la ironía y de la broma son la cordialidad, la unión y una especie de tolerancia y conformidad.

En el plano psicoterapéutico, el chiste, la ironía y la broma son técnicas dereflexivas, según la Logoterapia: favorecen un momento de distancia, de trascendencia frente a las circunstancias o hechos disgustosos y hasta una sana inconsciencia de uno mismo, acompañada de una sensación de entrar en la realidad de manera más ligera, menos grave. Aunque sea por poco tiempo, el chiste le quita importancia a los problemas agobiantes.

No es este el caso del sarcasmo que, con su matiz de burla o chacota, hace que el blanco o destinatario del sarcasmo experimente un ataque a su autoestima. El sarcasmo es malévolo desde la intención misma. El sarcasmo es cruel, mordaz, fundamentalmente humillante. Por el hecho de herir o de abrir cicatrices, el sarcasmo es portador de desprecio y, por lo mismo, fuente de inseguridad y su efecto en la relación interpersonal es la alteración destructiva del estado de ánimo: la venganza.

El humor, en cambio, rescata lo más sabroso de la vida. Nos ayuda no solo a disfrutar, incluso, nos rescata a nosotros mismos de vivir sofocados por un excesivo sentido de seriedad. El humor hace que se vuelva a confiar en la vida. El humor, podemos decir, es un energético, como el gingseng. Sin embargo, al concluir estas aclaraciones acerca del humor debemos dejar asentado algo fundamental: el chiste, la ironía o la broma no son el único espacio o el terreno exclusivo del humor. O sea, para tener humor no es obligatorio recurrir a un chiste. Todo lo contrario: el chiste, la ironía y la broma son productos del humor, y no el humor producto del chiste, la ironía y la broma.

El humor como forma de conocimiento.

El humor, sin embargo, tiene más hondura en la existencia que la simple ayuda a pasarla bien, como mencionábamos anteriormente. No sólo deja entrever un estilo de vida menos problemático, sino que facilita el reírnos de los problemas. El humor hace fácil que aprendamos de nuestros errores. Y más todavía: que tengamos otra visión de nuestro ser indigente y que nos ubiquemos ante esta realidad. El humor es un estado profundo de comprensión de la indigencia y del problema mismo del limite.

Pero al hablar del humor nos referimos a algo que va más allá del resultado por un buen chiste, de la broma o de la ironía soltada en una determina ocasión. En todos ellos hay una porción de humorismo, pero el humor como tal es causa, más que efecto. A este propósito se suele hablar de sentido de humor, para indicar, por lo menos dos cosas: que una persona es capaz de “encontrar” o “percibir” humor en hechos, situaciones o relaciones aparentemente negativas y que el humor hace posible que de esos hechos, situaciones o relaciones surja un sentido.

El sentido de humor alude no solo a un sentimiento (de goce, de alegría, de disfrute), sino a la posibilidad misma de discernir y de significar una situación, un hecho o una acción, pasada o presente. La función del humor es, pues, la de dar sentido. Una forma de establecer un nexo entre la circunstancia y la persona, una manera de explicarse algo a sí mismo o, mejor aún, de comprender algo de nosotros mismos.

El sentido de humor infunde significación, estima, valoración o aprecio a una determinada situación de la existencia y por el ser mismo. El humor recupera o saca algo bueno donde todo parece perdido. El humor descubre, evidencia, y de aquí su función de significar, de señalar lo que pareciera estar oculto o pasar desapercibido. Ahora bien, ¿cuál puede ser ese señalamiento, en qué puede consistir ese descubrimiento?

En términos generales pudiéramos decir que el sentido de humor dispone a que se termine aceptando el riesgo y las consecuencias de vivir. El humor vuelve amiga la vida. En opinión de Max Haushofer: “El humorismo es indulgente con la vida de manera indescriptible”. Así de esencial es su contribución a la existencia.

Con sobrada razón Romano Guardini sostendrá que sin el humor no marcha nada en absoluto, pues, “quien mira a los hombres solamente en serio, sólo en forma moral o pedagógica, a la larga no lo aguanta. Debe tener ojos para lo peculiar de la existencia. Pues todo lo humano lleva consigo algo de cómico” y concluye: “La risa amistosa por la rareza de lo humano: eso es el humor”.[1]

Siendo así, el humor no radica en algo que está fuera a nosotros y que se desencadena en una determinada circunstancia, como puede ser la trágica resbalada de una persona con su grotesca y cómica manera de caer por el suelo. Bergson se ocupó de la risa que provoca automáticamente un ser humano en caída libre. Un animal cayendo no nos causa risa, sino lástima, en cambio, una persona que se resbala en la clásica cáscara de banano puede hacer que nos destornillemos de la risa.

El humor está dentro de mí o no está en ninguna parte. Pero, si es así, cabe preguntarse: ¿“donde”, en qué parte localizarlo? ¿Dónde brota y, a su vez, donde declina el humor?

Según un reciente enfoque de la psicología humanista existencial[2], el primer arranque de humor, su nacimiento, habría que localizarlo en el tipo de perspectiva, esto es, en el punto de vista desde el cual percibo como percibo. El sentido del humor (al igual que la compasión) se arraiga en la misma perspectiva, desde la cual se configura mi percepción, se origina “ahí” donde surge mi “manera” de percibir, organizar, estructurar, formar, el cúmulo de estímulos generados por lo real[3].

Pero también “ahí” mismo, en el tipo de perspectiva, el humor se aborta y decae. En última instancia, la perspectiva es la responsable de matizar de gracejo, de salero, de jovialidad, de ingeniosidad y de ocurrencia irónica o chistosa las actitudes, los patrones de pensamiento y de sentimientos, y la conducta o de teñirlos de seriedad, tiesura y gravedad ante las situaciones, hechos y experiencias de la vida.

El humor cae o se mantiene con la perspectiva. La perspectiva es la fuente del buen humor y del mal humor, pues es la manera como mi percepción entra en contacto con lo real, la manera como mi percepción “mira” lo real. Pero ahondemos un poco más en el asunto de la perspectiva.

La perspectiva determina la percepción. Tenemos una percepción diferente cuando aceptamos, de cuando rechazamos. El tipo de percepción corresponde a la perspectiva. La perspectiva es una forma de preconocimiento y, por lo tanto, una forma de “pre”pararse o disponerse a percibir.

La Terapia de la imperfección, en el ámbito de la psicología humanista existencial, hipotiza que el trastorno del perfeccionismo está fomentado por la perspectiva de la indefectibilidad, propia de los procesos racionales. En este caso, la perspectiva, no la percepción, es, en último término, la que dispone hacia el disgusto, el rechazo, ante todo lo que se presenta defectuoso, fallido, errado.

A este propósito, la Terapia de la imperfección, sostiene que no basta, pues, para tratar el perfeccionismo, limitarse a modificar la distorsión cognitiva, a una limpieza de las categorías irracionales que contaminan las actitudes del sujeto afectado por este trastorno.

El cambio debe producirse a un nivel más profundo, a nivel epistemológico precisamente, o sea, al nivel de la perspectiva, que es en definitiva donde se forja incipientemente la distorsión. ¿A qué distorsión nos referimos? A la demanda o expectativa de que las personas, cosas y circunstancias de la vida sean intachables, sin defectos, imperfecciones, o fallas. Que funcionen como ”deberían” funcionar.

El hecho de que los niños sean verdaderos agentes de la alegría, se rían espontáneamente y tengan facilidad para ser ocurrentes y creativos frente a la vida, mientras los adultos son cautelosos, circunspectos y encuentran dificultades para reírse, es debido a que los primeros se manejan desde una perspectiva diversa de la perspectiva cultural desde la cual se manejan los segundos. Desde este punto de vista, los niños son expertos de humorismo.

Los niños y las personas sanas se mueven desde la perspectiva de la defectibilidad, mientras los neuróticos en general, y el perfeccionista en modo particular, lo hacen desde la perspectiva de la indefectibilidad.

Desde este punto de vista, no nos sorprende que el cambio que pide el Evangelio a los adultos, la condición para entrar en el Reino de los Cielos, consista en “volverse como niños” (Mt, 18, 3), “porque el Reino de los Cielos es de los que se asemejan a los niños” (Mt. 19, 14), “pertenece a los que son como ellos…quien no lo recibe como un niño, no entrará en él” (Lc. 18, 16).

Independientemente de su contexto religioso, no se puede negar que el Evangelio es un imparagonable texto de humanidad. La recomendación de “volverse como niños” – no niños inconscientes, claro está – podemos traducirla como la invitación a ver de manera distinta, a provocar un renacimiento, un cambio profundo que alcanza el sistema mental, pensamientos y sentimientos, en el mismo “lugar” donde se origina la manera como pensamos lo que pensamos y como sentimos lo que sentimos. Llamamos perspectiva a este “lugar” donde se “apoya” la percepción.

El niño y la persona psicológicamente saludable no están interesados en corregir, cambiar o arreglar a las personas. Las toman como realmente son: defectuosas. La persona mentalmente sana consideran que “la vida es el arte de ser bien engañados” (W. Hazlitt). El neurótico, y el perfeccionista en el caso específico, piensan en términos: “El mundo se va acabar si yo no me apuro en arreglarlo”.

El perfeccionismo malogra el humor.

La perspectiva de la indefectibilidad, característica del sujeto perfeccionista, no se lleve con el sentido de humor. Aun más, el sentido como tal se descubre con el humor y se pierde o caduca con la falta de humor. El perfeccionismo, en efecto, no es fuente de sentido. Éste es propio de la perspectiva de la defectibilidad, la cual favorece un entendimiento, una especie de pacto de tolerancia, con la irregularidad, el menoscabo de la realidad y el caso de la vida.

La perspectiva de la indefectibilidad (propia de los procesos racionales) es un obstáculo en la manera de colocarse ante la realidad limitada. El perfeccionista vive desde una “lógica anticipada” de cómo deberían ser las cosas. El perfeccionismo es una forma ingenua y terca de percibir la realidad. ¿Cómo deberían ser las cosas según él? Correctas, sin fallas, impecables, intachables. Ahora bien, ¿en qué lugar de este universo se encuentran las cosas así?

Aunque el perfeccionista hace las cosas con verdadero esmero, nunca obtiene la sensación de satisfacción. Nunca llega a sentirse adecuado. A todo lo que hace le encuentra un “pero”.

Debido a que las cosas, las situaciones y las personas nunca corresponden con como deberían ser, el perfeccionista vive en pugna consigo mismo, con los demás y con el entorno.

A nivel cognitivo, lo defectuoso resulta ininteligible al perfeccionista. A nivel emocional, termina vivenciándose como inadecuado. Todo lo que hace es “insuficiente”. Sus logros no resultan ser lo “suficientemente suficiente”. De aquí que arremeta contra la realidad. ¿De qué manera? Según el Manual de Desordenes Mentales de la Asociación de Psiquiatría Norteamericana [4], quien sufre este trastorno genera una fuerte preocupación por el orden y el control mental e interpersonal.

Para el enfoque de psicología humanista existencial que estamos manejando, la consecuencia de este trastorno es una necesidad de estructurar la realidad. De volverla consistente y segura como un edificio de cemento armado, en otras palabras, de petrificarla.

El proponerse que las cosas, las personas y las situaciones sean indefectibles, alimenta la disposición a enjuiciar, a criticar y, por lo tanto, a descalificar. Es aquí donde el perfeccionista invierte estérilmente mucha de su energía y puede disponerse a la depresión. El estrés de esta situación hace abortar la posibilidad del humorismo.

Pero de esta manera el perfeccionista pierde en calidad de vida. A la larga descuida la posibilidad de gozar y de gustar los diminutos e incontables matices de la vida. Y perder en capacidad de humor equivale a perder en humanidad, porque quien no se deja tomar el pelo por las cosas, vive listo para el rechazo. Y con el rechazo se vigoriza la inclemencia, la falta de compasión.

A este punto, habría que resaltar, aunque sólo sea de paso, que la compasión y el humorismo son las dos caras de la misma moneda. Sin compasión, no hay humorismo y viceversa: la falta de humorismo revela el desierto de la compasión. El comienzo de la compasión reside en el humorismo, en aceptar la realidad tal cual es.

El humor, decíamos, genera sentido. El “sentido de humor” se propone como una forma de visión. El humorismo deja ver la vida de otra manera y deja ver cosas que de otra manera no se verían. Quien se maneja desde la perspectiva de la defectibilidad (propia de los procesos intuitivo-emocionales) percibe la incongruencia entre su expectativa y la realidad en términos ocurrentes, teñido de humor. Reconoce a la realidad limitada el derecho a ser defectuosa. De aquí que el sentido de humor sea un anhelo de comprender o acoger. ¿Comprender, acoger, qué cosa? La vida misma.

Sin sentido de humor estamos a merced del trastorno del perfeccionismo. Sin embargo, quien puede cambiar su perspectiva, puede cambiar su percepción, su manera de procesar, interpretar, leer, la realidad. Cambiar la manera de percibir la realidad requiere, pues, un desplazamiento del procesador racional al procesador intuitivo-emocional. En otras palabras, reducir el recurso (que en nuestra cultura Occidental es excesivo) al procesador racional y apelar al procesador intuitivo emocional. Como quien dice: desplazarnos del hemisferio izquierdo, sede de la lógica y desplazarnos al hemisferio derecho, raíz de la paradoja, del humor y de la compasión.

El humor nos afloja de la seriedad y gravedad racionales que desarrolla el pensamiento perfeccionista. Convendría entonces, en orden a verificar nuestro tipo de perspectiva, preguntarnos: ¿con cuanto humor percibo la vida?

O la misma pregunta, por lo que mencionamos poco antes, podemos formularla también en términos de compasión: ¿con cuanta compasión trato la vida? Como consecuencia, tomarnos siempre en serio y demasiado en serio obstruye el ejercicio de la compasión. La falta de compasión nos vuelve trágicos. En fin de cuentas, como advierte Brendan Gill: “no existe la menor prueba que apoye la idea de que la vida es seria”. La compasión ante la desgracia, el error, el fracaso o la falta es una forma elevada, aguda e ingeniosa, de humorismo.

Quiero decir que no se puede perdonar, acoger y aceptar la defectuosidad de la vida sin una dosis de auténtico humorismo. En el fondo, como señala Schopenhauer: “La causa de la risa no es otra cosa que la súbita percepción[5] de la incongruencia entre un concepto y su objeto real”.

De aquí que la disposición a la compasión deje al descubierto nuestra índole humorista. Así, la práctica del humor nos lleva a ser benignos con nosotros mismos y con los demás. Quien vive sin sentido de humor tiene dificultades para ser compasivo.

Un cambio de perspectiva cuesta trabajo y genera cierta ansiedad, pero no hacerlo equivaldría a perder mucho más: a renunciar a la posibilidad de vivir más alegre y compasivamente. Esto es lo bueno del humor precisamente: que ayuda a decir si a la condición indigente del ser y al conjunto de los limites existenciales.

Concluyendo: la humanidad del hombre se forja reconociendo y aceptando la propia indigencia. La indigencia es la riqueza del hombre: la vida no puede volver más pobre a quien lo único que posee de seguro, no postizo ni artificial, es su propia indigencia.

Tomando la decisión de aceptarse a pesar de todo, el hombre se orienta y alcanza el sentido de su ser, lo revaloriza. Abrazando su indigencia, el hombre no sólo se orienta, sino que pone las bases para hallar el sentido de su vida. En la tarea de aceptarnos, el humorismo o su otra expresión, la compasión, juega un papel fundamental en la tarea de construirnos como seres humanos.

 

Ricardo Peter

www.terapiadelaimperfeccion.com

 

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* La Antropología del límite es la base filosófica de la psicoterapia denominada Terapia de la imperfección.

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[1]Romano Guardini, Una ética para nuestro tiempo, p. 152, Lumen, Argentina, 1994.

[2] Nos referimos a la Terapia de la imperfección. Para ahondar en el asunto de la “perspectiva” ver: Ricardo Peter, Introducción a lo humano; la epistemología del límite, BUAP, México, 2004.

[3] La percepción de lo real es el inicio de un proceso de cognición formal cuyo producto terminal es lo que denominamos realidad. En este caso, consideramos la realidad como la mediación de lo real. Sin embargo, la mente no es una “tabula rasa”. La perspectiva remite al nivel epistemológico de la percepción. A este nivel detectamos una especie de “su”puesto de la percepción o “pre” esquema, si pudiéramos decir así, que es la perspectiva. La “manera” como la percepción configura esa realidad está “inspirada”, influenciada o modelada por la perspectiva.

[4] DSM-IV, Manual de diagnósticos y estadísticas de los trastornos mentales, pag. 685, Masson, S.A. Barcelona, 1995.

[5] Subrayado nuestro. Pero más que en la percepción el problema radica en un nivel más profundo: en el tipo de perspectiva desde la cual percibimos lo que percibimos.

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