El conocimiento del dolor humano

Dolor, medicina, resiliencia.

La mitología griega cuenta que Procusto tenía una siniestra costumbre, invitaba a sus huéspedes a dormir en una cama, especialmente diseñada para cortar partes del cuerpo que excedían las dimensiones de la misma. Cuando se trataba de personas de baja estatura, un sistema de poleas permitía estirar al huésped hasta que alcanzaba el tamaño del lecho. Algo semejante ocurre cuando un material de observación o huésped, es ceñido o deformado de acuerdo a los esquemas o categorías de un determinado modelo conceptual. En el caso de la medicina esta comparación puede resultar especialmente útil, porque la palabra “clínica” proviene justamente de la palabra griega “Kliné”, que significa lecho, cama. De allí que la vocación hospitalaria nos propone que la dimensión de cada lecho se adapte a los requerimientos personales que expresa cada huésped.

Ahora bien, la realidad desnuda es revestida por cada disciplina con su modelo de pensamiento. Como todo vestido, cada modelo de pensamiento podrá cubrir algunas partes de la realidad y exaltar a otras, pero debiendo dejar siempre algunas partes al descubierto. De lo contrario, de llegar a cubrir a la realidad totalmente, el vestido se convierte en mortaja.

En esta página nos ocupamos de resaltar el carácter mecánico y la dimensión amortajante del modelo de pensamiento médico, aspirando a contribuir al reconocimiento de las limitaciones clínicas que dependen de su propio marco de respaldo conceptual. Reiteremos una vez más, que para afrontar estas limitaciones se propone el método de abordaje transdisciplinario. Este último cabalga montado sobre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del hombre, al tiempo que a su paso va reconociendo la realidad social que atraviesa. La mirada del jinete, se pone en el espacio abierto al que su mismo cabalgar lo dirige.

Espacio irrepresentable, donde reside el misterio del dolor y de la vida humana; allí donde los modelos de pensamiento no tienen nada que decir o reflejar, y donde sólo cabe el testimonio de una presencia que acompaña.

“Felipe Rilova Salazar”

Una cosa es tener datos y otra muy diferente es conocer.

El conocimiento no es sólo acumulación de información, consideración de circunstancias, enumeración de detalles, recopilación de datos. Los datos que no se vinculan no sirven para un conocimiento que permite actuar sobre la realidad modificándola.

El momento del análisis y de la distinción es necesario, pero insuficiente, quien no toma en cuenta, quien no descubre las ínter-retroacciones y las intercomunicaciones, no ve lo esencial, no comprende lo que une ciertas fenomenologías.

Conocer es saber qué hacer con la información, es separar y unir; distinguir e implicar; relacionar y articular, no sólo analizar y distinguir. Es organizar buscando el sentido.

 Formas de comprensión:

1- Comprender intelectualmente.

 Significa aprender en conjunto, (el texto y su contexto, las partes del todo, lo múltiple y lo individual). La comprensión intelectual u objetiva pasa por la inteligibilidad. Explicar es considerar lo que hay que conocer como objeto y aplicarle todos los medios objetivos de conocimiento. La explicación es obviamente necesaria para la comprensión intelectual u objetiva.

La dimensión del dolor humano no puede ser conocida de manera completa a través de esta forma de comprensión, constituye un acercamiento necesario pero insuficiente que debe ser complementado con otra forma de comprensión: la inter-personal.

2- La comprensión humana inter-personal.

La comprensión humana sobrepasa la explicación. Comporta un conocimiento de sujeto a sujeto. Si veo a un niño llorando, lo voy a comprender sin medir el grado de salinidad de sus lágrimas, lo voy a hacer íntimo conmigo, me identifico con él.

Las personas se perciben no sólo objetivamente, sino como un ego alter que se vuelve alter ego. Comprender incluye necesariamente un proceso de empatía, de identificación y de proyección, siempre ínter-personal, la comprensión necesita apertura _sentir con el otro-, simpatía, y generosidad.

El ser humano es un ser inacabado, que siendo tiene que llegar a ser y el dolor es constituyente de este proceso vital.

El sufriente no es simplemente un “cuerpo”, ni siquiera un simple “ser viviente”.

Es una persona, es decir, un ser dotado de espiritualidad, inteligencia, concepto de sí mismo y del mundo, con un proyecto de vida y con una responsabilidad frente a su propio destino y el de su entorno. “Al niño lo educan el aire, la luz, la vida de las plantas y de los animales, la ecología en su sentido de ecodulía (respeto por la naturaleza), pero también la relación interhumana, intercambio y reciprocidad del don y el perdón de los demás” (Carlos Díaz).

El dolor viviente, no es la avería de una máquina, de ahí la necesidad de ocuparse de las distintas dimensiones de dolor humano.

Pues una cosa es pretender tratar una enfermedad y otra muy distinta es tratar a un paciente.

El ser humano debe poder desacoplarse dimensionalmente de se enfermedad. Se comprende a la persona como una unidad en la multiplicidad. Se puede relacionar esta comprensión con los principios del físico Niels Bohr: el de preponderancia, por el cual en determinada situación, puede predominar un estrato por sobre otro, y el complementariedad, por el cual, a pensar de que predomine uno de ellos, niños demás siguen cumpliendo su función, porque constituyen en sí mismo una unidad.

La pregunta por el dolor viviente siempre nos conduce al tratamiento fenomenológico de la pregunta:

  • ¿Quién hace la pregunta?
  • ¿Quién la contesta?
  • ¿Cómo?

El dolor Humano es un universal situado y en situación, una “ecología subjetiva”. Es universal porque el dolor está presente en todos los seres humanos, hay mecanismos universales de producción del dolor. Es situado, porque ningún ser humano es igual a otro; parafraseando a Viktor Frankl, si tratamos a dos pacientes de igual forma, de una cosa podemos estar seguros, a uno lo estamos tratando mal. En cada situación cada uno es un “siendo” y la situación histórica cambia permanentemente, como diría Heráclito “nadie se puede bañar dos veces en el mismo río. No existe nada permanente, a excepción del cambio.”

El dolor viviente es una “ecología subjetiva”: un suceso real o virtual que es interpretado por cada persona. Se convierte en acontecimiento cuando es vivenciado por la persona doliente que le otorga al suceso su característica única y peculiar.

Desde esta vivencia personal única e irrepetible, ese acontecimiento puede seguir distintos caminos: convertirse en el maestro interior generando aprendizaje y crecimiento o paralizar a la persona en su existencia produciendo encierro y desesperación.

Toda percepción es vista desde una perspectiva; podríamos decir desde una percepción de la percepción; un a priori conceptual, un presupuesto de cada uno de los procesos mentales que tiene como función pre-configurar, pre-condicionar la percepción misma.

El dolor viviente es un “universal más particular”

El dolor humano puede interpretarse de varias maneras:

A- Carente de todo significado

B- Asignarle un significado (castigo, culpa personal o colectiva)

C- Busca de sentido (el dolor es un amigo del hombre que cumple funciones tristes)

La forma de concebir el dolor entraña consecuencias diversas. Si la perspectiva con la que el dolor es visto y vivido es la de un enemigo que debe y puede erradicarse de la vida, que debe ser conocido y eliminado, se genera una actitud bélica de conquista del dolor. Pero la experiencia humana del dolor ha sido una sana y milenaria búsqueda del hombre como especie. Pero el dolor como existenciario no puede abolirse, de allí que el no reconocimiento de esta realidad puede conducir a un doble fracaso: el del hombre doliente y el del guerrero iconoclasta que trata de eliminarlo.

Si en cambio se comprende el dolor como realidad que incluye enigma y misterio, se puede emprender el camino de la búsqueda de sentido.

Los velos que rodean el dolor no entrañan sólo unos pocos hechos faltantes que oscurecen una comprensión científica. En cierto sentido, el velo es lo que hace visible el misterio, da presencia o apariencia a lo desconocido. Un misterio, no es algo para ser resuelto. Ante él, es necesario apelar a la sabiduría: “La sabiduría, en efecto, se puede definir como un saber acompañado de la conciencia de los limites de ese saber” (Frankl, 1987, p. 42)

El mayor aporte de conocimiento del siglo XX fue el conocer los límites del conocimiento. La mayor certidumbre que nos ha dado es la imposibilidad de eliminar lo incierto, no sólo en la acción, sino en el propio conocimiento.

El dolor tiene algunas características universales y otras personales. El sentido también es un universal más particular “un ya pero todavía no” personal; lo tengo que descubrir a través de la búsqueda, sentirlo en una vivencia y realizarlo en la existencia. Es “ya” sería un universal al que se le añade un particular, el “todavía no”.

Pero lo tengo que descubrir en el “ya”. El “todavía no” se refiere a lo que todavía no he descubierto (mi límite y mi esperanza), es algo que existe dentro del cambiante proceso de la cultura humana y de la mente individual. Por lo tanto, nunca se lo puede apartar de la situación existencial de cada ser humano.

El significado del dolor siempre permanece abierto a diversas búsquedas personales y sociales. Contiene zonas de misterio donde es imposible hallar respuestas seguras. Sus significados deben dejar, espacios no sólo para lo que conocemos y llegamos a conocer, sino también para lo que permanece y permanecerá desconocido.

El problema no es el problema, sino el lugar que este ocupa en nuestra existencia. El significado se subordina más del lado de la perspectiva que el suceso. Las consecuencias que produce una situación dolorosa en el ser humano, depende de que este se reconozca interrogado por la vida, perciba lo diferente, descubra la inclusión del límite en su vida y a partir de ésta inclusión que la misma se convierta en la conciencia del limite, o bien que se evada e intente su negación.

En “La Muerte de Iván Llych”, Tolstoi muestra que el dolor humano se articula lo personal con el imaginario colectivo y el sentir de la vida social. Iván es un abogado normal que llega a ser un magistrado exitoso, gana buen dinero, tiene una esposa muy bella e hijos sin problemas, lleva una vida placentera. Al mudarse a su nueva casa Iván se cae al intentar subir por una escalera. Al instante siente un dolor intenso al cual le resta importancia (etapa de negación) ocupado en sus cosas cotidianas que le había permitido poseer esa posición (poseedor poseído). El dolor no desaparece y empieza a generarle a Iván nuevos inconvenientes al tener que prestarle atención. La situación comienza a preocuparle, se vuelve irritable (etapa de Ira).

Los alaridos que acompañan el descenso de Ivan Llych hacia la muerte manifiestan también, en otro registro, su lucha por retener alguna creencia en el valor de su existencia secular (centrada, vulgar, burguesa), nos inspira a interpretar su dolorosa lucha final como un proceso personal de despertar espiritual. La descripción final de un Iván en paz con su dolor, muestra su capacidad de auto-distanciamiento que insinúa su logro antropológico existencial (Etapa de aceptación).

Cuantitativamente ningún instante es igual a otro instante, sobre cada uno de ellos gravitan todos los instantes pasados y cada uno de ellos está grávido de posibilidades futuras y abierto a una libertad relativamente ilimitada.

Reconocemos un dolor que no es sencillamente un hecho biológico, sino que está impregnado de significado social y religioso. El significado del dolor, conforme desarrolla su historia, se expande más allá una unión simbólica con la muerte. Nos muestra con claridad cómo el dolor continúa cambiando con el tiempo, no constituye una entidad única, simple y unívoca, es sustancialmente cambiante y continúa moviéndose entere los polos de lo carente de significado y de lo significativo, incluso mientras su significado sigue cambiando. Los significados variables del dolor no terminan con la aterradora revelación de su lazo con la muerte.

Después de tres días de gritos y de lucha, Iván experimenta una gran calma; su relación con el dolor vuelve a cambiar una vez más, pasa a través del dolor a un estado de alerta espiritual.

Después de este despertar sigue consiente del dolor – que no ha desaparecido – , pero ahora ya no lo domina, no lo abruma. Se puede dirigir al dolor como quien se dirige a un viejo adversario al que se ha absuelto hace mucho:

-¿Y el dolor? –se pregunta así mismo-. ¿Qué ha sido de él? ¿Dónde estás dolor?

Vuelve a preocuparse de él.

– Sí, aquí está. Y bien, ¿qué hay con ello? Dejemos que siga.

El dolor está exento de terrores. Su dolor, es siempre dolor.

En una secuencia circular el dolor, que empieza en la carencia de significado y más tarde manifiesta su lazo simbólico con la muerte, termina finalmente reposando en la falta de significado. Sin embargo esos dos tipos de insignificancia son profundamente distintos. La despreocupación por el dolor que siente al final, señala el logro de una visión espiritual, trascendente desde la cual contempla su dolor –terrible, agónico, terminal- como algo verdaderamente intrascendente. La comprensión final a su dolor (la aceptación de su lugar y significado en su vida) es su acto más profundo. Es un acto de comprensión.

El dolor parece una experiencia fundamentalmente solitaria, nunca estamos más solos que cuando nos invade un dolor grave. Sin embargo es importante reconocer que el dolor es también profundamente social. El dolor que sentimos se constituye en gran parte, con la cultura en la cual, en el dolor, nos sentimos excluidos o apartados.

“El hombre como tal está siempre del otro lado de las necesidades, si bien también de este lado de las posibilidades.” (Frankl, 1990, p.93), se puede agregar más allá de sus conocimientos y de este lado de sus posibilidades.

El dolor como existencial humano

Primero: el dolor es un constituyente ineludible de nuestra vida; pertenece a lo que Frankl denomina la tríada trágica: sufrimiento, culpa y muerte.

Segundo: es necesario reconocer que existen dolores evitables y dolores inevitables; frente a los primeros, tenemos el deber de intentar aliviarlos; frente a los segundos, tenemos que buscar el sentido.

Tercero: hay dolores necesarios (útiles) y dolores innecesarios (inútiles)

Cuarto: el dolor crónico constituye una crisis inmensa, invisible, en el centro mismo de la vida contemporánea.

Quinto: la interpretación del enfermar humano de la medicina tradicional, desde una visión del mundo médico-científica (reduccionista) que impregna nuestra cultura, nos ha llevado a entender equivocadamente el dolor como una mera sensación, un síntoma, un problema bioquímico, y no como una experiencia personal.

La enfermedad no es solamente una alteración de la biología o un trauma psíquico de un sujeto, sino una experiencia que conmueve al ser humano en su totalidad de ser en el mundo.

Sexto: Nuestra crisis actual es en gran parte un dilema que han creado y sostenido los fracasos de esta lectura médica tradicional del dolor impregnado de materialismo.

Séptimo: si recuperamos la capacidad de reconocer su multidimensionalidad, asumimos los límites y la responsabilidad en la comprensión del dolor, podemos recuperar el poder de aliviarlo.

Octavo: ¿Es posible imaginarse la influencia de lo psíquico sobre lo físico? Al respecto, Viktor Frankl (1988) dice: “En la dimensión de lo fisiológico, el sistema nervioso no está cerrado en sí. También un círculo cerrado, no observado sobre un plano pero si en el espacio, puede resultar un vaso abierto. El cerramiento de un sistema en una dimensión “(p.125)

Noveno: El dolor viviente es un “universal más un particular”.

Décimo: Es una posibilidad de actualizar potencialidades, puede convertirse en el punto de partida de conductas resilientes; la resiliencia y el dolor viviente son acontecimientos que pertenecen a la experiencia cotidiana común, ambos nos interrogan y cambian el eje sobre el cual estamos habituados a pensar los temas de la vida, de la salud y sus soluciones.

Relación entre resiliencia y dolor viviente

El dolor viviente y la “Resiliencia” evocan desde el inicio la idea de preponderancia y complementariedad, y por ende conducen hacia las de complejidad e integración.

La complejidad de los procesos reales y virtuales en que se desenvuelve la vida, evidencia la dimensionalidad bio-psico-espiritual.

La integración de esos niveles, que la “ciencia” separa para su conocimiento, sólo tiene lugar en la existencia personal.

La salud y enfermedad son los extremos opuestos de un proceso existencial, y la resiliencia un potencial dinámico saludable que se manifiesta en las distintas dimensiones humanas a través de la posibilidad de vivir respondiendo a las necesidades biológicas, psicológicas, existenciales. Implica la posibilidad de expresar lo no dicho en el diálogo y la relación, la posibilidad de sentirse querido y querer, privilegiando el encuentro con otro, la posibilidad de transformar y transformarse, la posibilidad de establecer vínculos afectivos y solidarios y la búsqueda de sentido en un plan de vida, incluido en un proyecto familiar y social.

La resiliencia no puede ni debe ser vista sólo como un medio adaptativo, con un criterio de homeostasis y de supervivencia individual o grupal, es una respuesta frente a situaciones externas, es la capacidad que posee el ser humano para mantenerse integrado a pesar de la adversidad y buscar un desarrollo con sentido de acuerdo con su conciencia y con las metas de la propia cultura y/o como actor social frente a otras.

Nuestra mirada sobre el dolor cambia si, a pesar del sufrimiento, buscamos sentido.

El enfoque de resiliencia puede aportar significativamente al cultivo de una esperanza realista, porque sin negar los problemas, centra la atención en las fuerzas y potencial humano que se pueden acrecentar. La esperanza real no es una vía de escape, sino que descubre un potencial valioso existente pero escondido a una mirada superficial y pesimista del valor humano. Este potencial está también en los espacios de crecimiento de los seres humanos: familia, amigos, sociedades, países. Actualizar las potencias del espíritu articulándolos con la resiliencia comunitaria, partiendo de la centralidad, unicidad y libertad de la persona, se da en el proceso de desarrollo de conductas resilientes como lo son enfrentar, aceptar, responder, buscar sentido.

Es fundamental establecer una distinción, entre la noción de individuo y la de persona. El término “individuo” se aplica a una entidad cuya unidad, aunque compleja, es definible negativamente: algo, alguien, es individuo cuando no es otro individuo. La palabra “persona” se aplica a una entidad cuya unidad es definible positivamente y, además, con =elementos= procedentes de sí misma (lo decidido). El individuo (si se trata del ser humano) es una identidad psico-física; la persona es una entidad fundada, en una realidad psicofísica, pero no reducible enteramente a ella. El individuo está determinado, la persona esta condicionada, pero no determinada, es libre.

La contraposición entre lo determinado y lo libre como contraposición entre el individuo y la persona se pone en evidencia en el antagonismo noético facultativo que remarca la importancia de “lo ético” en la constitución de la persona.

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Comentarios

  1. Luis Mario Cardenas Morales

    Los conceptos de dolor y resiliencia se entrelazan entre si en una dualidad ( la resiliencia es una esperanza con sentido o un sentido esperanzador que se traduce en una conducta de enfrentar la prueba o adversidad con iniciativa y valentia) fruto del ejercico de la dimension noetica o espiritual frente a la vivencia intima e intrapersonal del dolor que va mas alla de un sintoma y se convierte en un “estar” existencial de la persona la cual desde su subjetividad decide como lo vive. el dolor es una vivencia unica diferente; es algo que nos lleva a la experiencia limite y dependiendo como se maneje puede conducirnos a un proceso de autoconocimiento que nos aproxima dependiendo nuestra actitud a la posibilidad de l contacto con lo trascendente. es en ese proceso donde nuestra impotencia ante el sufrmiento psicofisico se reviste de aprendizaje psicologico y espiritual.

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