El carácter espiritual del hombre.

Resumido por Ma. Teresa Lemus de Vanek

 

Dentro de la espiritualidad humana existe algo así como la espiritualidad inconsciente. Una espiritualidad cuyo carácter inconsciente consiste en la carencia de la autoconciencia reflexiva –mientras que se conserva la autocomprensión implícita de la existencia humana.

La espiritualidad inconsciente es la fuente y raìz de toda espiritualidad consciente. En otras palabras: conocemos y reconocemos no solo un inconsciente instintivo sino tambièn un inconsciente espiritual y consideramos èste como el fundamento sustentador de toda espiritualidad consciente. El yo no es dominado por el ello; sin embargo, el espìritu es sustentado por el inconsciente.

Para explicar màs de cerca lo que hemos presentado como lo “inconsciente espiritual”, nos vamos a servir del fenòmeno “conciencia” como de un modelo.

De hecho, lo que se llama conciencia llega a profundidad inconsciente y arraiga en una base inconsciente : precisamente las decisiones grandes y autènticas – existencialmente autènticas – de la vida humana se toman siempre al fin y al cabo de manera no racional y, por tanto, tambièn inconsciente; en su origen la conciencia se sumerge en el inconsciente.

En este sentido hay que considerar la conciencia como algo irracional; es alògica o, mejor aùn, prelògica. Pues, asì como existe una comprensiòn de ser precientìfica y otra prelògica antepuesta a èsta ontològicamente, de la misma forma existe una comprensiòn de valores pre-moral que precede esencialmente a toda moral explìcita, precisamente la conciencia.

Si nos preguntamos por què razòn la conciencia es activa necesariamente de forma irracional, entonces habrìa que tener en cuenta los siguientes hechos: Lo existente se abre a la conciencia (Bewusstsein), sin embargo, a la conciencia moral (Gewissen) no se abre un existente, sino màs bien un no existente : algo que debe llegar a ser. Este algo que debe llegar a ser no es por tanto nada real, es algo que hay que realizar todavìa, no es nada real sino algo meramente posible (sin embargo, no sin que esta mera posibilidad represente una necesidad en un sentido superior, precisamente en el sentido moral). En la medida en que aquello a lo que nos abre la conciencia moral es algo que hay que realizar todavìa, en la medida en que debe realizarse aùn, surge enseguida la cuestiòn de còmo se deberìa realizar de otra forma, si no se anticipa, de alguna manera, espiritualmente. Este anticiparse, esta anticipaciòn espiritual se lleva a cabo por lo que se llama intuiciòn: la anticipaciòn espiritual acontece por un acto de visiòn.

De este modo, la conciencia resulta ser una funciòn esencialmente intuitiva : para anticipar lo que se ha de realizar, la conciencia primero debe intuirlo; y en este sentido, la conciencia, el ethos, es de hecho irracional y solo posteriormente se puede hacer racional. Pero ¿no conocemos un anàlogo?, ¿el eros no es igualmente irracional, igualmente intuitivo ? En efecto, tambièn el amor intuye; a saber, contempla algo que no existe todavìa; sin embargo, no es, como la conciencia, un ” algo que debe llegar a ser”, sino que este algo que no existe todavìa a lo que se abre el amor es algo que solo puede llegar a ser. Pues el amor contempla y abre posibilidades de valor en el tù amado. Entonces, incluso el amor en su contemplaciòn espiritual anticipa algo; a saber, lo que una persona concreta, precisamente la persona amada, puede albergar en sì de posibilidades personales aùn no realizadas.

Pero no solo se parecen en que, tanto la conciencia como el amor, tienen que ver igualmente con simples posibilidades y no con realidades; no es solo esto lo que pone en evidencia de antemano que ambos pueden proceder ùnicamente de forma intuitiva. Màs bien se puede indicar una segunda razòn por lo que se refiere a su funcionamiento necesariamente intuitivo e irracional, por su esencia, y, por tanto, nunca totalmente racionalizable : es decir, ambos, tanto la conciencia como el amor, tienen que ver con el ser absolutamente individual.

Precisamente el cometido de la conciencia es abrir al hombre a “aquello que es necesario”. Esto, sin embargo, es algo ùnico en cada caso particular. Se trata, por tanto, de algo absolutamente individual, de un ” deber ser” individual, que por tanto no puede ser captado por ninguna ley general, por ninguna ” ley moral ” formulada de forma universal (por ejemplo, en el sentido del imperativo kantiano), sino que es prescrito por una ” ley individual” (Georg Simmel ); en modo alguno se puede reconocer racionalmente, sino que solo se puede captar de forma intuitiva. Y precisamente es la conciencia la que proporciona esta capacidad intuitiva.

Solo la conciencia es capaz de armonizar, por asì decir, la ley moral “eterna”, expresada universalmente, con cada situaciòn concreta de una persona concreta. Pues una vida a partir de la conciencia es siempre una vida absolutamente personal orientada a una situaciòn absolutamente concreta, a lo que puede importar en nuestra existencia (Dasein) singular y peculiar: la conciencia incluye siempre el “aquì” ( Da ) concreto de mi “ser” ( Sein ) personal.

Ahora vamos a mostrar que incluso en esta relaciòn, tambièn por lo que se refiere a la intenciòn esencialmente individual de la conciencia, hay un cierto paralelismo en el amor: no solo el ethos aspira a una posibilidad completamente individual sino tambièn el eros; pues como la conciencia abre a “algo que es necesario”, asimismo el amor abre a lo peculiar que es posible: las posibilidades peculiares de cada persona amada. Es màs, el amor, y solo èl, es capaz de contemplar a una persona en su peculiaridad como el individuo absoluto que es.

Pero no solo lo ètico y lo eròtico, no solo la conciencia y el amor arraigan en una profundidad emocional y no racional, en una profundidad intuitiva de lo inconsciente espiritual: tambièn lo pàtico tiene sus raìces aquì en cierto modo, es decir, en la medida en que dentro de lo inconsciente espiritual, ademàs de lo inconsciente ètico, de la conciencia moral, existe por asì decir un inconsciente estètico : la conciencia artìstica. Tanto por lo que se refiere a la producciòn artìstica como por lo que se refiere a la reproducciòn, el artista no puede prescindir en este sentido de una espiritualidad inconsciente. En el artista, la inspiraciòn corresponde a la intuiciòn, en sì irracional, de la conciencia y, por tanto, no racionalizable completamente e incluso tiene sus raìces en una esfera de espiritualidad inconsciente. A partir de ella el artista crea y por consiguiente las fuentes, a partir de las cuales crea, se encuentran y permanecen en una oscuridad que nunca se puede aclarar completamente mediante la conciencia. Continuamente se vuelve a mostrar que por lo menos la conciencia excesiva puede interferir tal producciòn “a partir de lo inconsciente”; a menudo la autobservaciòn forzada, la voluntad de “hacer” conscientemente lo que se deberìa realizar automàticamente es una profundidad inconsciente, se convierte en un obstàculo para el artista creador. Cualquier reflexiòn innecesaria lo ùnico que hace es perjudicar.

Anteriormente insinuamos que, siempre que se habla de espiritualidad inconsciente, por inconsciente no se debe entender nada màs que no reflexivo. Sin embargo, se pretende decir algo màs: se pretende decir tambièn no reflexionable. No obstante, la espiritualidad del hombre no solo es inconsciente sin màs, sino que es tambièn obligadamente inconsciente.

Pero no solo no se puede hacer una autorreflexiòn completa, sino que tampoco se debe hacer; pues no es la tarea del espìritu el observarse a sì mismo y el mirarse a sì mismo en el espejo. ¡Forma parte de la esencia del hombre su ser orientado hacia, sea hacia alguna cosa, sea hacia alguien, sea hacia una obra, sea hacia un hombre, hacia una idea o hacia una persona ! Y solo en la medida en que el hombre està espiritualmente con algo o con alguien, junto a otro ente espiritual asì como junto a un ente no espiritual, solo en la medida de tal “estar junto a “, el hombre està consigo mismo. El hombre no existe para observarse a sì mismo ni para mirarse a sì mismo en el espejo ; sino que existe para entregarse, para sacrificarse y para abandonarse conociendo y amando.

La persona se revela en su biografìa, se abre a sì misma, su esencia, su caràcter inconfundible solo a una explicaciòn biogràfica, mientras que se niega a un anàlisis directo. En ùltima instancia, la biografìa no es otra cosa que la explicaciòn temporal de la persona : en este sentido se atribuye naturalmente a cada fecha biogràfica, incluso a cada detalle de la vida, una importancia biogràfica y con ello tambièn un valor de expresiòn personal, pero solo hasta un cierto grado y solo dentro de ciertos lìmites. Es decir, este caràcter limitado corresponde al caràcter condicionado del hombre que solo es incondicionado de forma facultativa mientras que de hecho queda condicionado; pero por mucho que en su esencia sea un ser espiritual, èl sigue siendo un ser limitado.

 

Del libro: Logoterapia y análisis existencial

Autor : Viktor E. Frankl

Ed:Herder. Barcelona .-1990

Pags : 81 a 87.-

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