¿Cómo sobreviven los familiares de los adictos?

De la obra de Elisabeth Lukas “Identidad y Adicciones”
Resumido por Karin Vanek Lemus.

Viktor E. Frankl no sólo fue un médico y un filósofo genial. También fue un montañista apasionado que dominó las escarpadas paredes de los Alpes austríacos. Frankl sabía exactamente lo que había que hacer para salvar las dificultades del camino, cuesta arriba y cuesta abajo. Los familiares de adictos caminan durante años por terrenos particularmente difíciles, oscilando por altibajos, de las cimas de la esperanza a los abismos de la desesperación, y siempre extenuados a causa del enorme esfuerzo que implica avanzar un paso sin caer junto con su familiar adicto. A ellos van dirigidos los conocimientos médico-filosóficos de Frankl que a continuación presentamos en forma de “consejos de alpinista”. ¿Qué recomendaciones para salir ilesos habría dado a los familiares de adictos este experimentado guía de montaña y consejero personal que a tantas almas doblegadas ayudó a atravesar los pedregosos caminos de sus vidas?

  1. 1.                  Comprobar el contenido de la mochila.

Lo primero, igual que en la montaña, que cada uno lleve su mochila. Lo importante no es que sea ligera, sino que contenga lo necesario. ¿De qué sirve la mochila más liviana si después, cuando estamos en la cima, nos falta urgentemente lo que necesitamos? Por tanto, la primera lección será hacer la mochila. ¿Con qué cargamos? ¿Con cosas necesarias o inútiles? ¿Qué abandonamos?

Revolvamos un poco por nuestra mochila: ¿qué encontramos? ¡Preocupaciones claro! ¿Son absolutamente necesarias o podemos sacarlas antes de iniciar la siguiente ascensión? Les revelaré un truco sencillo que sirve de ayuda: primero, cuenten las preocupaciones y, a continuación, el amor que hay en la mochila. Si  la cantidad es la misma, déjenlo todo como está. El amor implica irremisiblemente una preocupación por lo amado. Por un lado, es necesario preocuparse por la persona o la cosa que se ama. Si no nos preocupáramos de verdad, la persona o la cosa nos daría igual y dejaría de ser el objeto de  nuestro amor. Por otro lado, una mochila sin amor se consideraría – a ojos del Señor – “demasiado ligera” para emprender un viaje a las cumbres de la existencia humana.
Pero si al contar las preocupaciones encontramos que éstas superan la cantidad de amor que hay en nuestra mochila, será conveniente hacer un  nuevo recuento, porque significa que cargaremos con demasiadas preocupaciones inútiles que nos frenarán innecesariamente el paso. Se trata de las preocupaciones creadas no por el amor, sino por el miedo a algo. La angustia es un lastre que pesa sobre nuestras espaldas y nos hace perder rápidamente el aliento. Así como la preocupación por una persona amada nos hace creativos, tolerantes y fuertes, el miedo es una fuerza contraproducente que cohíbe y paraliza.
Es cierto que los problemas de adicción generan perspectivas de vida aterradoras. Los adictos se ven amenazados por enfermedades crónicas y cambios catastróficos de personalidad, mientras que las personas de su entorno viven bajo la amenaza de la humillación, la violencia y la ruina económica.  Sin embargo, el miedo a una desgracia inminente no impide que ésta se produzca. Lo único que hace es cubrir de sombras el periodo de tiempo anterior a la desgracia, con independencia de que ésta llegue o no. Conocí a una mujer que se pasó veinte años temiendo enfermar de cáncer y al final murió de una simple neumonía. Las dos décadas que precedieron al fatal desenlace de su afección pulmonar las vivió de manera no menos fatal a causa del atormentador miedo al cáncer. Una verdadera lástima. La práctica psicoterapéutica nos enseña que el miedo anticipatorio a una desgracia es capaz de atraerla de una manera u otra. El temor continuo induce a los factores desencadenantes de crisis mentales y corporales a tener reacciones erróneas justamente cuando lo importante es reaccionar de forma serena y juiciosa.
¿Cómo hay que poner coto al miedo? O: ¿cómo se echa este lastre de la mochila? Para hacerlo, nuestro “guía de montaña”, Viktor Frankl, formuló una singular receta paradójica: debemos hacernos inatacables por nuestro miedo.  ¿Que el miedo nos amenaza con algo terrible? ¡Vale! ¡Que se haga realidad la amenaza! ¿Qué puede pasar? Al fin y al cabo, la vida humana es finita. No tenemos nada eterno que perder, ni nuestros familiares tampoco. Quizás tengamos algo que ganar en lo relativo a cómo diseñamos nuestra propia finitud. La mujer del miedo al cáncer citada antes perdió la vida de una manera u otra; no fue de cáncer, pero sí de una pulmonía. Sin embargo, perdió algo más y por ello es una lástima: perdió oportunidades en la vida que se podrían haber llenado con algo más alegre y variopinto que la visión de un futuro amenazador. Y todo lo que se pierde, se pierde para siempre, de la misma manera que todo lo que se llena con alegría también es para siempre.
Por ello, arrebatamos a nuestro miedo su capacidad amenazadora declarándonos (hipotéticamente) conformes con lo peor que pueda suceder y así avanzaremos y haremos lo mejor de cualquier cosa que suceda. Concretamente: pongamos a nuestro familiar adicto en manos de su destino, entreguémoslo al más o menos empinado tobogán de la muerte por el que se desliza. Ningún esfuerzo de sus allegados conseguirá impedir la caída. Sólo su propia firmeza lo rescatará. Por tanto, enfrentémonos sin temor a su posible hundimiento y aprovechemos las oportunidades del presente común que compartimos con él.

  1. 2.                  Poner provisiones en la mochila.

Ya hemos revisado el contenido de la mochila e igualado los niveles de preocupación y amor, lo que significa que hemos puesto en ella todos los buenos deseos, esperanzas y bendiciones, toda nuestra disposición y alegría para trabajar por las personas que más nos importan. También hemos  desempaquetado cualquier posible miedo a eventuales sucesos terribles del futuro. Llegado a este punto, sólo falta conseguir “víveres” para reponer fuerzas durante el viaje. En nuestro caso, las provisiones consistirán en unas generosas dosis de humor que (según Frankl y siguiendo el ejemplo de Heidegger o Binswanger) merecería el calificativo de existencial, al igual que la preocupación y el amor.
Ya en la vida “normal”, el humor debe entenderse como un exquisito viático destinado a prevenir decaimientos que requieran un cuidado intensivo. Su definición más inteligente es la que proporciona la cultura popular, según la cual humor  es reír a pesar de todo. En nuestra mochila no puede faltar este rasgo obstinado del humor para paliar las emergencias que puedan producirse durante la ascensión. Cuando la roca afilada nos hace perder el equilibrio, las paredes empinadas nos parecen insalvables y la pendiente que bordea el camino es vertiginosamente profunda, entonces recurrimos a la obstinación no encarnizada, sino sonriente que, con alegría, nos permite ver que hasta los obstáculos tienen asideros y las pendientes hondonadas, y que, por encima de todo, el sol luce y hace brillar las rocas afiladas para que la ascensión no parezca tan fatigosa.
Humor es apartarse del minúsculo excursionista que somos en relación con la gigantesca montaña, separarnos de nosotros y de nuestros problemas y, desde la distancia, volver la vista atrás, riendo y llorando a la vez, para contemplar la pequeña figura que se esfuerza, unas veces en la dirección equivocada y otras sin conseguir apenas avanzar, pero, al fin y al cabo, escalando el camino que le corresponde.
Tuve a una paciente cuyo marido, por obligaciones profesionales, sólo podía estar en casa con su familia unos pocos días al mes. Una vez que expresé ante la mujer mi sorpresa por haber mantenido el matrimonio a pesar de esas circunstancias, porque conozco muchas parejas en las que uno de los cónyuges se viene abajo por un mero fin de semana de guardia o turno de noche, la mujer respondió  espontáneamente que, por suerte, ella y su marido no tenían tiempo para discutir. Los pocos días que pasaban juntos eran como una luna de miel y cuando todo empezaba a volverse rutinario,  su marido ya tenía que partir de nuevo. Tratándose de una mujer que ha tenido que criar a tres hijos prácticamente sola, esta manera de ver las cosas es digna de consideración. Tras su sonrisa se escondía algo mucho más serio: la voluntad de mantener la familia unida.

  1. 3.                  Practicar el compañerismo de montaña.

La palabra “unión” es un concepto clave para nuestra excursión.  Ahora que ya tenemos las mochilas hechas – con mucho amor e igual cantidad de preocupación, sin miedo y con la conveniente pizca de humor- , debemos emprender la marcha sin pensarlo dos veces y tomar el trayecto especialmente indicado para hacer sudar al excursionista que recorre el mundo. Considerémoslo un “trayecto imaginario de prueba” en el que se comprobará si el peso que llevamos a nuestra espalda nos hará flaquear o, por el contrario, nos hará más fuertes.

Básicamente, se trata de que la unión entre las personas aumente conforme aumenta el grado de peligro. Por eso los escaladores nunca pueden dejar a un compañero en la estacada. Los familiares de personas con alguna patología síquica tienen una obligación parecida. Ta pronto como se anuncia el drama, lo más urgente es permanecer unidos y no empeorar la situación con discusiones. Es comprensible, pero, desgraciadamente, existe una trampa llamada echar la culpa en la que cae hasta la mente más sensata. En este sentido, los escaladores lo tienen más fácil, porque nunca se reprocharán mutuamente un cambio de tiempo brusco o una tormenta de nieve repentina. Por el contrario, en la vida normal es más complicado. Las épocas de crisis hacen que los afectados se pregunten con vehemencia cómo se ha podido producir la crisis y, normalmente, nunca encuentran ninguna explicación adecuada. Han intervenido miles de casualidades, las historias pasadas arrojan sombras muy largas, el radio de influencia social es difícil de determinar y las decisiones libremente tomadas por una de las partes no se pueden atribuir obligatoria o lógicamente a ninguna causa, porque entonces ya no serían decisiones libres.

Por ejemplo, si un miembro de la familia se suicida, lo cual es de las peores cosas que le pude pasar a una familia, es científica y humanamente imposible  determinar a posteriori por qué ha sucedido. Naturalmente, se podrán hacer conjeturas y reconstruir todo tipo de “motivos” para explicar el hecho, pero hay que admitir honestamente que todos y cada uno de nosotros tendríamos continuamente “motivos” para quitarnos la vida. Todos tendríamos suficientes preocupaciones en la mochila como para decidir que no queremos seguir la excursión. Sin embargo, seguimos el camino porque en nuestro equipaje también llevamos suficiente amor: a la vida y a sus obligaciones. Entonces, ¿por qué  una persona ha perdido todo el amor de su mochila? No lo sabemos, pero sí podemos asegurar que no ha sido solamente porque sus preocupaciones fueran muchas…
En el suicidio pueden intervenir a la vez distintos factores: la propensión depresiva o una predisposición enfermiza, una situación externa triste,  una decepción amarga, la falta de confianza y muchas cosas más. Sin embargo, no hay que indagar en la decisión final del afectado. Es una decisión procedente del fondo de su persona que no se puede clarificar, sino simplemente respetar.
Por consiguiente, cuando una familia se ve afectada por una tragedia de esta índole, lo peor que pueden hacer sus miembros es reprocharse mutuamente que éste o aquél ha conducido al muerto al suicidio, que esto o aquello tiene la culpa de su acto desesperado, etc. Es cierto que la culpa forma parte de la vida humana, nadie dice lo contrario, pero nunca nadie es culpable de la decisión de otro, sino únicamente de las decisiones erróneas propias y es con éstas con las que cada uno tiene que tratar, ya que no necesita que nadie se las eche en cara. No se puede convencer ni disuadir a nadie de la auténtica culpa. Por mi experiencia, la auténtica culpa se refleja en el  fondo de la conciencia de la persona y, en lo que concierne a los actos del prójimo, no tenemos la más mínima libertad, ni siquiera como padres, con respecto  a los actos de nuestros hijos.
Por ello, lo más importante – que también sucede – es acercarse y permanecer unidos, porque juntos las cosas se llevan mejor. Y otra cosa que no hay que olvidar: ¡Cada uno lo lleva a su manera! Quien aparenta que las cosas no le afectan, en realidad no es así. El dolor tiene mil caras. Una vez, una madre que había perdido a su hijo un año antes, me explicó con amargura que su marido siempre lo había rechazado y que una muestra de ello, entre otras cosas, era que nunca visitaba su tumba. La mujer decía que ella iba al cementerio cada día. Dos semanas después hablé con el marido. Cuando abordé el tema “hijo”, el hombre me reveló entre sollozos que era incapaz de estar junto a la tumba de su descendiente fallecido. Sólo el hecho de pensarlo le provocaba un nudo en la garganta…
Como decíamos, el dolor tiene mil caras, y para mitigarlo no hay que verte sobre él ningún reproche cuya justificación sea, además, extremadamente dudosa. Al contrario: siempre hay que poner el consuelo y el compañerismo por delante. De la misma manera que en la niebla o en l tormenta los escaladores deben tenderse la mano mutuamente, los familiares de adictos deben hacer lo mismo: avanzar con paso firme a través del dolor sin hablar de quién tiene la culpa.

  1. 4.                  Trazar un plan de ruta.

La psicoterapia general nos enseña que, en la medida de lo posible, no debemos dejar que los conflictos nos corroan por dentro. Por otro lado, resolver emocionalmente una disputa no siempre sirve para allanar diferencia, porque a veces no se puede evitar la caída de un rayo, tanto en la montaña como en los corazones de las partes en conflicto. Por ello, la logoterapia propone una solución intermedia: elaborar un acuerdo que resuelva (provisional o definitivamente) la situación conflictiva.
Dependiendo de las circunstancias, el acuerdo puede ser común o unilateral. Si, por ejemplo, el conflicto consiste en que a una persona le molesta el elevado volumen con que el vecino escucha la música por la radio, un acuerdo mutuo podría ser tolerar la música durante el día hasta las cinco de la tarde y, a partir de esa hora, usar auriculares.
Un acuerdo interior también puede apaciguar un conflicto haciendo que dos exigencias no se simultaneen, sino que se sucedan, lo cual suele ser necesario para la vida.
Reducir un conflicto a una sucesión temporal implica “paralizar” durante horas, días o incluso meses una cuestión acuciante hasta que llegue el momento adecuado para ocuparse intensamente de ella. El acuerdo consistente en resolver una cosa tras otra se asemeja a un “plan de ruta” para ir de un tramo a otro y así evitar el zigzagueo agotador. La persona que es capaz de trazar planes de ruta se puede considerar afortunada, porque no sólo le favorecerán en sus excursiones por montañas escarpadas donde lo principal es la constancia y la paciencia, sino también en las situaciones estresantes de la vida donde las empresas difíciles sólo se consiguen, precisamente “paso a paso”.

En el caso particular del sufrimiento de familiares alcohólicos, drogodependientes, desempleados o delincuentes, esto se traduce en:

  1. Permanecer unidos (tal como hemos comentado),y
  2. acordar  (de ser posible en grupo) qué problemas para el adicto deben ser tomados en consideración y cuáles no; cuándo está preparado para recibir apoyo, cariño y dedicación y cuando no hasta dónde se soportan entre lamentos sus excesos y a partir de dónde hay que mostrarse impasibles con él. Para ello no hay reglas universales, pero los acuerdos interiores tomados en firme facilitan la comunicación con el adicto y, en cualquier caso, proporcionan una línea de actuación clara para todos.

V. Permanecer en la cima.

El hombre es un ser cultural y lo sigue siendo en los circuitos de prueba en los que la vida lo explota hasta extenuación. El olfato para lo valioso, bello, misterioso o luminoso nunca le abandona por completo, tal como demuestra Viktor Frankl en sus estudios de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Por ello es importante y beneficioso mantener un nivel de cultura mínimo precisamente en las malas épocas. La cultura nos estimula, nos inspira, nos saca del tedio de la cotidianidad e impide que nos instalemos en la apatía y la rigidez mental. Quien lee un libro interesante, escucha su música preferida, aprende por placer un poema de memoria, se hace un bonito vestido o visita una exposición, está alimentando su mente y abriéndose a las pequeñas cosas que iluminan  la vida. Pero cuando parece que este resplandor se extingue, las evitamos categóricamente. La mejor  lectura y el concierto más imponente no parecen alegrarnos. La moda más elegante y la exposición más concurrida no nos llaman la atención. A pesar de ello, es recomendable no dejar que nuestro nivel cultural descienda. La  cultura no es un objeto de placer, sino la expresión de nuestra condición humana y, por consiguiente, un bien inalienable que debemos arrastrar hasta en las épocas de mayor penuria.
No nos dejemos llevar por la mentalidad del <<todo o nada>>. Que un miembro de la familia se haya vuelto <<loco>> no es motivo para desatenderla casa, descuidar nuestro peinado, no poner plantas en el balcón o no tararear una cancioncilla. Debemos pensar que al enfermo no le beneficia en nada la ruina de nuestra vida cultural, más bien le carga con un mayor descontento. Tampoco tenemos que avergonzarnos de una miseria que, como suele suceder en a problemática de las adicciones, nadie es capaz de atenuar para el enfermo. La existencia propia se asegura en el seno de una serenidad digna y siendo consciente de que, a pesar de las dificultades, todavía hay posibilidades de las que podemos disponer.
Cuando nos vemos obligados a presenciar incontables contrariedades sin poder hacer lo más mínimo al respecto, no sólo nos limitamos a ser testigos de ellas, sino que también vemos lo que hay de satisfactorio y edificante más allá de ellas. Puede estar escondido o ser inalcanzable con la mirada, igual que la cima de una montaña entre las nubes que sólo se manifiesta cuando nos aproximamos a ella.
Una vez me explicaron la historia de un hombre con los pulmones totalmente destrozados por el cáncer. Antes de morir, se pasó catorce meses en el hospital, totalmente consciente, conectado a un pulmón artificial. La esposa no se separó de su cama ni un solo día. Durante ese tiempo, ambos conversaban con el mismo fervor y cariño con que lo hacían antes. Diferenciemos en este impresionante ejemplo lo que significa <<tener que ser testigo>> y <<poder ver más allá>>. Nadie podría ayudar a este enfermo de pulmón, ni siquiera las técnicas médicas más modernas. Lo único que se podía hacer era <<ser testigos>> de cómo su hora le iba llegando poco a poco. Esta es una cara de la verdad. Pero si miramos más allá, descubriremos una segunda cara: un enfermo terminal y una persona querida que está a su lado, que no lo abandona, que se entrega a él día tras día. ¿Acaso este enfermo no era afortunado si lo comparamos con tantas personas en el mundo que respiran sin dificultad pero no tienen a nadie a su lado? Cada vez que miremos un poco más allá, nos sorprenderemos de todo lo que veremos, de la piedad que hay hasta en el más despiadado de los destinos.
Permítanme acabar con un magnifico consejo: practiquemos el arte de poder participar del júbilo de los demás. No es fácil, porque la envidia acecha en cada rincón de nuestro cerebro, pero quien domina este arte siempre encuentra un motivo para alegrarse.
Con demasiada frecuencia escucho de mis pacientes relatos de este tipo: una mujer que cursa estudios universitarios se entera de que su sobrina ya ha terminado la carrera y rompe a llorar desconsoladamente. ¿Por qué? Porque a diferencia de la sobrina ella todavía no ha conseguido el título. Otra mujer se va a tomarlas aguas y en el hotel del balneario se encuentra con señoras muy bien arregladas y elegantemente vestidas. Su reacción es verter por todas partes comentarios sarcásticos acerca de semejante <<desfile de disfraces ridículos>> ¿Por qué? Porque ella no tiene ninguna prenda de calidad que ponerse.
No es mi intención sobrevalorar un título universitario, ni mucho menos la posesión de joyas o ropa de calidad. Como es sabido, todo esto es muy relativo. Pero precisamente por eso deberíamos hacer un esfuerzo por no envidiar estas cosas a quien las disfruta y ser coparticipes de su alegría. Tampoco los padres de jóvenes drogadictos deberían, sino reunir la fuerza interior necesaria para congratularse de que haya infinidad de jóvenes que realmente tienen motivos para ser felices, porque de ahí, finalmente, se puede extraer la confianza en el núcleo intacto instalado en cada ser humano, incluidos los jóvenes drogadictos. De  la misma manera ,las mujeres de alcohólicos deben alegrarse por los maridos sanos  y estables de sus amigas, con la sabia convicción de que en el mundo nada se da por supuesto, y mucho menos la felicidad. La grandeza interior se demuestra en la generosidad, y guardar la alegría, ya sea a uno mismo o a los demás, es también una pequeña muestra de cultura. Cuando el alpinista llega a la cima no se pregunta a quién pertenece la montaña. Se limita a inspirar profundamente y alzar el rostro al cielo…

Conclusión.

Los familiares de personas con patologías adictivas pueden mantener intacta su salud mental. Para ello es necesario:

1)     ponerse en marcha con todo el amor y sin miedo.

2)     No perder el sentido del humor.

3)     Mantenerse unidos.

4)     Resolver los conflictos de mutuo acuerdo.

5)     Mantener cada uno su nivel cultural.

Estos cinco puntos son también el distintivo de una búsqueda lograda de la identidad,  puesto que indican, nada más y nada menos, que una persona puede estar conforme con lo que es y no tener que dudar nunca de sí misma, incluso en las situaciones más estresantes. El amor y el humor nos hacen ser irrefrenablemente vitalistas. La cooperación y la capacidad de decisión nos fortalecen cuando estamos limitados. El nivel cultural relata nuestra biografía…
las personas que, por motivos familiares o profesionales, mantienen una relación estrecha con adictos deben afianzar estos puntos en sus vidas, porque lo contrario de la dependencia no es, precisamente, la independencia (a la que nunca accedemos por completo a causa de nuestra predisposición enfermiza), sino más bien la identidad, es decir, la fidelidad a todo lo mejor de nosotros mismos.

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Comentarios

  1. Luis Mario Cardenas Morales

    Fortalecer la resiliencia como capacidad de fortaleza emocional enmedio de la adversidad) de los familiares codependientes de adictos a traves del cambio de pensamiento catastrofico a uno centrado en la apreciacion de lo positivo es una invitacion al uso de los valores como promotores de una eficaz salud mental. Si bien ellos tambien requieren el uso de un trabajo terapeutico para entender la dinamica de su codependencia ya sea revisando sentimientos y necesidades como lo haria la gestalt o revisando sus mitos o creencias como miembros del sistema familiar (terapia sistemica)la logoterapia aporta maneras efectivas para desarrollar habitos de higiene mental que faciliten la disminucion de patrones de conducta patologicos para estas familias

  2. Excelentes escritos que nos permiten a las personas que trabajamos con pacientes codependientes, y para nosotros mismos, reflexionar desde otros ángulos y puntos de vista. Gracias mil por esta aportaciòn

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